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Poema de lo bebido

Colomina

Poeta recién llegado
Sábado cualquiera.
O jueves, o viernes,
no sé.


Ya han habido
muchos como este,
ya es común:
resaca,
pena,
dudas,
un corazón descompasado
que grita tu nombre
y reclama tu figura,
sin ti.


Yo me propongo
escribirte los versos
que nos reúnan en el cielo
y que hagan que nuestros cuerpos
se toquen con la calidez
de las campanadas
que suenan a lo lejos
y requieren a los feligreses
para que retomen sus miedos
y quemen sus deseos.
A mi, me dan igual,
la misa no cura la resaca,
creo.


Ardo por dentro,
es mi estómago
que se queja de lo bebido
y me ladra.


No escucho,
mis sentidos permanecen
buscando algo desconocido
entre los escaparates
de lo que no está en venta.


Y al final termino, de nuevo,
en un bar,
meca del alcohol barato,
oasis de los sedientos,
iglesia de los borrachos.


Anochece y la búsqueda de escaparates
se difumina,
entrando en escena
tu perfume inconfundible
que huele a mi melancolía
y me hace tropezar,
-el alcohol no tiene que ver,
nunca tiene que ver-.


Al final, el Sol se pone
y me guía a donde duermo,
que no mi casa,
porqué mi casa está dónde tus labios.

Y duermo, duermo para que,
dentro de unas horas,
se repita este poema.



 
Sábado cualquiera.
O jueves, o viernes,
no sé.


Ya han habido
muchos como este,
ya es común:
resaca,
pena,
dudas,
un corazón descompasado
que grita tu nombre
y reclama tu figura,
sin ti.


Yo me propongo
escribirte los versos
que nos reúnan en el cielo
y que hagan que nuestros cuerpos
se toquen con la calidez
de las campanadas
que suenan a lo lejos
y requieren a los feligreses
para que retomen sus miedos
y quemen sus deseos.
A mi, me dan igual,
la misa no cura la resaca,
creo.


Ardo por dentro,
es mi estómago
que se queja de lo bebido
y me ladra.


No escucho,
mis sentidos permanecen
buscando algo desconocido
entre los escaparates
de lo que no está en venta.


Y al final termino, de nuevo,
en un bar,
meca del alcohol barato,
oasis de los sedientos,
iglesia de los borrachos.


Anochece y la búsqueda de escaparates
se difumina,
entrando en escena
tu perfume inconfundible
que huele a mi melancolía
y me hace tropezar,
-el alcohol no tiene que ver,
nunca tiene que ver-.


Al final, el Sol se pone
y me guía a donde duermo,
que no mi casa,
porqué mi casa está dónde tus labios.

Y duermo, duermo para que,
dentro de unas horas,
se repita este poema.





todo pareciese que siempre es lo mismo en su forma relativa, expresivo poema, me ha gustado visitar sus verso, que tenga buenas noches y bienvenid@.
 

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