jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
no es mayor consuelo
pensar
que de la misma forma como
vertiginosa y fugaz
-breve casi como un parpadeo-
se esfumó mi juventud llevándose
con ella la plenitud y el brillo
-y quizás la sola razón que en todo caso habría podido
justificar la decisión de no matarse-;
así también, efímera y corta
se escapará inadvertida como tenue brisa
la oscura y fracasada edad que ahora transcurro
de los finales años y la decadencia sin freno
y el desgaste y debatirse en la amargura propia
de la descomposición gradual de cuerpo y mente
ese indeclinable proceso
de acumulación de fealdad, torpeza, disfunciones,
deseos que cada vez se hace
más cuesta arriba saciar -y la lujuria crónica aparejada
a su estancamiento-
que así como se fueron
en un suspiro aquellos luminosos días
y el amor y los sueños y la estúpida costumbre
de creer que la felicidad realmente existe
y solo es cosa de tiempo para que nos sobrevenga;
así pronto serán también
estos apagados rescoldos de vida que aún
alienta en mí solamente
nebulosos rastros dispersándose
de polvo y ceniza sobre las interminables llanuras del olvido;
y no es desde luego un excesivo consuelo el saberlo
ni alivia la tristeza ni quita la melancolía pero
al menos inspira cierto sentido de justicia percatarse
de que nada permanece, nada parece resultar
lo suficientemente bueno para no hundirse
tras un pasajero momento de esplendor y fuerza
de regreso a su básica insignificancia, y que por tanto
en realidad nunca tuvimos la menor opción, nunca
hubiésemos podido evitar a fin de cuentas
terminar mordiendo el polvo; percatarse
de que la vida probablemente es solo
una especie de pendeja broma cuyo sentido
no conoce más que aquel hijo de puta al que en su hora
de más negro humor se le ocurrió inventarla
pensar
que de la misma forma como
vertiginosa y fugaz
-breve casi como un parpadeo-
se esfumó mi juventud llevándose
con ella la plenitud y el brillo
-y quizás la sola razón que en todo caso habría podido
justificar la decisión de no matarse-;
así también, efímera y corta
se escapará inadvertida como tenue brisa
la oscura y fracasada edad que ahora transcurro
de los finales años y la decadencia sin freno
y el desgaste y debatirse en la amargura propia
de la descomposición gradual de cuerpo y mente
ese indeclinable proceso
de acumulación de fealdad, torpeza, disfunciones,
deseos que cada vez se hace
más cuesta arriba saciar -y la lujuria crónica aparejada
a su estancamiento-
que así como se fueron
en un suspiro aquellos luminosos días
y el amor y los sueños y la estúpida costumbre
de creer que la felicidad realmente existe
y solo es cosa de tiempo para que nos sobrevenga;
así pronto serán también
estos apagados rescoldos de vida que aún
alienta en mí solamente
nebulosos rastros dispersándose
de polvo y ceniza sobre las interminables llanuras del olvido;
y no es desde luego un excesivo consuelo el saberlo
ni alivia la tristeza ni quita la melancolía pero
al menos inspira cierto sentido de justicia percatarse
de que nada permanece, nada parece resultar
lo suficientemente bueno para no hundirse
tras un pasajero momento de esplendor y fuerza
de regreso a su básica insignificancia, y que por tanto
en realidad nunca tuvimos la menor opción, nunca
hubiésemos podido evitar a fin de cuentas
terminar mordiendo el polvo; percatarse
de que la vida probablemente es solo
una especie de pendeja broma cuyo sentido
no conoce más que aquel hijo de puta al que en su hora
de más negro humor se le ocurrió inventarla
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