(Hoy estuviste en mis sueños, luego te fuiste entre la espuma, aunque me bastó para dibujarte dormida, aislada, y así poder ambos ser parte de lo mismo)
Ella se envolvía en una vida para acercarse y tomar mis manos, las recogía y me hacía tocar su rostro, acariciarla.
Ella me acercaba a mares eternos y cielos florecientes, se recostaba a mi lado con las escamas de su cuerpo de sirena y me miraba, ella me quería.
Sabía encontrarle la otra cara al mundo, navegar con la brisa, agitar sus alas plateadas y refugiarse en su sueño preferido, conmigo.
Yo acariciaba todas sus plumas y me sumergía en aquella vida que se refugiaba en sus labios, en ella tocaba el cielo; mi cuerpo dejaba de ser materia y sólo sobrevivían mis labios, que vivían en los suyos.
Ella conversaba con las estrellas, y me llevaba con ella a ver a cada una de ellas; yo la comparaba con ellas, pues aquella luz no podía ser comparada con otra cosa.
Yo la acogía entre mis brazos y le obsequiaba una parte más de mi vida y se la recostaba a sus pies, ella sonreía y me traía un nuevo cielo. Entre mis brazos, su mirada perdida absorbía cualquier alma inocente que se asomase.
Sus ojos me traían todos los universos azules, y su sonrisa todos los puros espíritus que por él recorren; ella multiplicaba el tiempo y las vidas, solo para mí.
Las nubes se juntaban en sus manos, y ellas recorrían mi piel, se deslizaban.
Para entonces el mundo encontraba sus colores y las olas se acercaban felices a la orilla.
Pero ya, dejemos las palabras hasta el borde del abismo, dejémoslas reposar en un eclipse diminuto, es hora de volver a mi triste historia.
Ella se envolvía en una vida para acercarse y tomar mis manos, las recogía y me hacía tocar su rostro, acariciarla.
Ella me acercaba a mares eternos y cielos florecientes, se recostaba a mi lado con las escamas de su cuerpo de sirena y me miraba, ella me quería.
Sabía encontrarle la otra cara al mundo, navegar con la brisa, agitar sus alas plateadas y refugiarse en su sueño preferido, conmigo.
Yo acariciaba todas sus plumas y me sumergía en aquella vida que se refugiaba en sus labios, en ella tocaba el cielo; mi cuerpo dejaba de ser materia y sólo sobrevivían mis labios, que vivían en los suyos.
Ella conversaba con las estrellas, y me llevaba con ella a ver a cada una de ellas; yo la comparaba con ellas, pues aquella luz no podía ser comparada con otra cosa.
Yo la acogía entre mis brazos y le obsequiaba una parte más de mi vida y se la recostaba a sus pies, ella sonreía y me traía un nuevo cielo. Entre mis brazos, su mirada perdida absorbía cualquier alma inocente que se asomase.
Sus ojos me traían todos los universos azules, y su sonrisa todos los puros espíritus que por él recorren; ella multiplicaba el tiempo y las vidas, solo para mí.
Las nubes se juntaban en sus manos, y ellas recorrían mi piel, se deslizaban.
Para entonces el mundo encontraba sus colores y las olas se acercaban felices a la orilla.
Pero ya, dejemos las palabras hasta el borde del abismo, dejémoslas reposar en un eclipse diminuto, es hora de volver a mi triste historia.