Évano
Libre, sin dioses.
Te vas como piano reventando al mudo
que camina con su perro por la acera,
cuarenta pisos más abajo.
Ya puestos,
te arrojo el reloj de la pared,
ese que acumula la sed
de tu seda quemada en mi piel.
Soplaré tu ceniza de mi taza,
y morderé con mis dientes
todos los cables,
a ver si así la chispa que enciende
el disco rayado de tu recuerdo
se apaga para siempre.
Te tatuaré de escarcha
y con ángulos rotos
sobre mi piel desierta.
Anda, vete,
vuela con tu aire, el que nunca diste
-eso si puedes levantarte
o no acabas en la cárcel
por matar al hombre que paseaba
con su perro por la acera,
cuarenta pisos más abajo-.
Y llévate
mis huracanes, mis vientos y mis brisas;
huye entonces de rascacielos y pisos altos.
Pero vuelve desde allí
de donde acabes,
cuando te canses,
o cuando vuelvas a ser un piano
reventando al primero que pase.
Gracias por leer
y por pensar.
que camina con su perro por la acera,
cuarenta pisos más abajo.
Ya puestos,
te arrojo el reloj de la pared,
ese que acumula la sed
de tu seda quemada en mi piel.
Soplaré tu ceniza de mi taza,
y morderé con mis dientes
todos los cables,
a ver si así la chispa que enciende
el disco rayado de tu recuerdo
se apaga para siempre.
Te tatuaré de escarcha
y con ángulos rotos
sobre mi piel desierta.
Anda, vete,
vuela con tu aire, el que nunca diste
-eso si puedes levantarte
o no acabas en la cárcel
por matar al hombre que paseaba
con su perro por la acera,
cuarenta pisos más abajo-.
Y llévate
mis huracanes, mis vientos y mis brisas;
huye entonces de rascacielos y pisos altos.
Pero vuelve desde allí
de donde acabes,
cuando te canses,
o cuando vuelvas a ser un piano
reventando al primero que pase.
Gracias por leer
y por pensar.