acontista1967
Poeta recién llegado
Poema para el final de un cuento
Y así de aquellas tardes en que al contacto tenue de una tibieza oblicua,
solíamos venir a zurcir el futuro
con hilos usurpados al canto de los pájaros,
cuando aún reposabas en el pasillo cálido,
al fondo de tu madre: morada primigenia.
A esta misma casa que ahora nos alberga
-deshabitada entonces-,
solíamos venir a oficiar de videntes;
y tú, creciente luna sobre el monte de venus, presagiabas la luz,
allende la abertura
que resguarda el misterio del placer y la vida
entre las dos columnas que frecuentan mis ansias.
Veníamos a contarte en tardes estivales el susurro del viento,
El canto de las hojas jugando en los ramajes, la voz de la quebrada que circunda la casa ;
el sol , su leve zambullida detrás de las colinas;
El fuego de los fuegos: la palabra.
La voz de padre y madre.
No, no eran nuestros prodigios,
ya bien sabes que no,
no aquel oficiamiento vespertino,
simple taumaturgia de la vida.
Presumir el destino por el nimio suceso de los días, y saber que eras tú,
era nuestro portento a cuatro manos,
morena, dulce, esbelta como no te soñaba,
al comienzo del tiempo - en tu capullo -,
en que todo contorno,
toda forma, todo fulgor y toda entraña
eran noche beatífica donde tú te ovillabas
como un gato aguardando su momento.
Para Alana, con todo mi amor ,
en sus ocho años .
en sus ocho años .
Y así de aquellas tardes en que al contacto tenue de una tibieza oblicua,
solíamos venir a zurcir el futuro
con hilos usurpados al canto de los pájaros,
cuando aún reposabas en el pasillo cálido,
al fondo de tu madre: morada primigenia.
A esta misma casa que ahora nos alberga
-deshabitada entonces-,
solíamos venir a oficiar de videntes;
y tú, creciente luna sobre el monte de venus, presagiabas la luz,
allende la abertura
que resguarda el misterio del placer y la vida
entre las dos columnas que frecuentan mis ansias.
Veníamos a contarte en tardes estivales el susurro del viento,
El canto de las hojas jugando en los ramajes, la voz de la quebrada que circunda la casa ;
el sol , su leve zambullida detrás de las colinas;
El fuego de los fuegos: la palabra.
La voz de padre y madre.
No, no eran nuestros prodigios,
ya bien sabes que no,
no aquel oficiamiento vespertino,
simple taumaturgia de la vida.
Presumir el destino por el nimio suceso de los días, y saber que eras tú,
era nuestro portento a cuatro manos,
morena, dulce, esbelta como no te soñaba,
al comienzo del tiempo - en tu capullo -,
en que todo contorno,
toda forma, todo fulgor y toda entraña
eran noche beatífica donde tú te ovillabas
como un gato aguardando su momento.