J Robles
Poeta recién llegado
Se desangra la letra,
en impertinentes laberintos
de estéticas burdas
o certeras.
En autovías de pensamiento sin quitamiedos.
En expositores de sensibilidad en trágico desborde.
En las mas que absurdas buhardillas
llenas de objetos y palabras viejas,
y en oscuros sótanos con cadáver escondido,
con miles de cajas de cartón cubiertas de polvo,
llenas de inválidas ideas,
que me impregnaron.
Y de las que no consigo desentenderme
ni un solo momento.
Ni tampoco deseo dejar de soñarlas. Boquiabierto.
Se desangra la letra.
Sobre la mesa, las manos rígidas,
como de hormigón,
mientras viajo la noche interminable
en este maldito tren de ilusiones sin ilusión
y fantasías pueriles, como de baratillo,
sin ninguna estación en la que parar
o a la que asirme.
Sin un conductor que lo controle.
Sin servicios de emergencia que puedan ayudarme
cuando inevitablemente
mi propio yo me traicione,
los raíles se crucen, y mi tren salte por los aires
hecho añicos, conmigo dentro.
No debiera darse el caso aún.
Aún,
no escribí un libro
ni monté en globo
ni planté un árbol.
(De veras, estar muerta querría.
Ella me dejaba y entre muchos sollozos
así me decía:
¡Ay, qué penas terribles pasamos,
ay, Safo, qué a mi pesar te abandono!
Safo de Mitilene).
Pero tengo en casa a mi fiel compañera.
Una macetilla pequeña encima de un mueble.
Es preciosa,
y buena gente.
Si yo no me meto con ella, ella me respeta
y me deja vivir tranquilo mi vida.
Lo sabe todo de mí, pero alardea de prudencia.
No le cuenta jamás a nadie
que miles de prostitutas desnudas acuden
cada noche a mi córtex cerebral
y ella las recibe con los brazos abiertos.
Son simpatiquísimas.
A cambio, yo la riego con cariño
todas las mañanas.
Incluso a veces me tutea.
Es una parte importante de mi vida,
y buena consejera.
Hoy, por ejemplo, me ha aconsejado
que no me baje de mi tren, aunque duela.
Que me apriete los machos y encierre los putos pasados,
y a ser posible los hediondos presentes,
en el tarro de la sal.
Que escriba un árbol,
que monte en un libro,
y el domingo
que plante un globo.
Sabios consejos para otro amanecer absurdo.
Pienso hacerle caso.
El domingo tampoco tengo nada mejor que hacer.
Plantaré un globo.
Espero no llorar.
Quizá me reconcilie conmigo mismo.
O quizá no.
Quizá llame a gritos a la buena Safo,
para que desde su tiempo,
me lance un salvavidas
o algún bonito y agradable poema,
que me ayude de una puta vez
sin tener que olvidar demasiado,
a sobrevivir, en el mío.
en impertinentes laberintos
de estéticas burdas
o certeras.
En autovías de pensamiento sin quitamiedos.
En expositores de sensibilidad en trágico desborde.
En las mas que absurdas buhardillas
llenas de objetos y palabras viejas,
y en oscuros sótanos con cadáver escondido,
con miles de cajas de cartón cubiertas de polvo,
llenas de inválidas ideas,
que me impregnaron.
Y de las que no consigo desentenderme
ni un solo momento.
Ni tampoco deseo dejar de soñarlas. Boquiabierto.
Se desangra la letra.
Sobre la mesa, las manos rígidas,
como de hormigón,
mientras viajo la noche interminable
en este maldito tren de ilusiones sin ilusión
y fantasías pueriles, como de baratillo,
sin ninguna estación en la que parar
o a la que asirme.
Sin un conductor que lo controle.
Sin servicios de emergencia que puedan ayudarme
cuando inevitablemente
mi propio yo me traicione,
los raíles se crucen, y mi tren salte por los aires
hecho añicos, conmigo dentro.
No debiera darse el caso aún.
Aún,
no escribí un libro
ni monté en globo
ni planté un árbol.
(De veras, estar muerta querría.
Ella me dejaba y entre muchos sollozos
así me decía:
¡Ay, qué penas terribles pasamos,
ay, Safo, qué a mi pesar te abandono!
Safo de Mitilene).
Pero tengo en casa a mi fiel compañera.
Una macetilla pequeña encima de un mueble.
Es preciosa,
y buena gente.
Si yo no me meto con ella, ella me respeta
y me deja vivir tranquilo mi vida.
Lo sabe todo de mí, pero alardea de prudencia.
No le cuenta jamás a nadie
que miles de prostitutas desnudas acuden
cada noche a mi córtex cerebral
y ella las recibe con los brazos abiertos.
Son simpatiquísimas.
A cambio, yo la riego con cariño
todas las mañanas.
Incluso a veces me tutea.
Es una parte importante de mi vida,
y buena consejera.
Hoy, por ejemplo, me ha aconsejado
que no me baje de mi tren, aunque duela.
Que me apriete los machos y encierre los putos pasados,
y a ser posible los hediondos presentes,
en el tarro de la sal.
Que escriba un árbol,
que monte en un libro,
y el domingo
que plante un globo.
Sabios consejos para otro amanecer absurdo.
Pienso hacerle caso.
El domingo tampoco tengo nada mejor que hacer.
Plantaré un globo.
Espero no llorar.
Quizá me reconcilie conmigo mismo.
O quizá no.
Quizá llame a gritos a la buena Safo,
para que desde su tiempo,
me lance un salvavidas
o algún bonito y agradable poema,
que me ayude de una puta vez
sin tener que olvidar demasiado,
a sobrevivir, en el mío.
Última edición: