jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
a medianoche ninguno debería ser poeta
luciérnaga sí, o vampiro
igual que grillo: puedes perfectamente
subirte a una viga del techo y
empezar a declamar insensatamente
tu demoledor chirrido que
a nadie le importaría no oír;
o sapo: lleno de esa inmensa nostalgia
que produce la vida en el charco
entre juncos, mosquitos y el rumor
interminable de la autopista que pasa
algunos metros más arriba;
cucaracha de cocina también
y aprovechar que la hora es ideal
para cruzar del fregadero a la despensa
y de regreso tres o cuatro veces;
o a lo mejor verdugo
mientras la ciudad duerme
y los búnkeres subterráneos proliferan
de subversivos iconoclastas y contestatarios
del régimen a los que debe aplicarse
300 watts en los huevos, pica pica entre los dedos
de los pies, y una rociadita
de ácido sulfúrico en los ojos;
puta ya ni se diga; no hay
más que soltarse el pelo y pararse
en la esquina y esperar que aparezca
la solución a todos nuestros problemas;
o payaso de carpa una vez concluida
la última función,
terriblemente abatido y gris
sentado con un cigarrillo frente al espejo
con media cara limpia y la otra mitad
dos veces triste;
cualquier cosa pero no poeta
y menos si llueve y uno está borracho
y alcanzó ya esa edad irrevocable
donde el futuro es lo que no logramos
lo que no hicimos, lo que se nos escapó
de las manos para siempre
y no queda ya nada a lo que aferrarse
entre los naufragados delirios que forjamos
que la simple inercia del cuerpo
su sabia costumbre de mantenerse a flote
deslastrándose de todo lo superfluo
sobrevivir con lo puesto y poco más
una mínima inercia, un rincón donde meternos;
amistarse con el infinito rumor
de la entropía de seres y fantasmas trasnochados
que nos asalta en medio de la oscuridad
con su incesante lamento, queja o agonía;
la cavilación del fracaso hasta convencerse
de que se hizo todo lo humanamente posible
y se cayó con la cara al sol
no hay mucho más que añadir a esto
luciérnaga sí, o vampiro
igual que grillo: puedes perfectamente
subirte a una viga del techo y
empezar a declamar insensatamente
tu demoledor chirrido que
a nadie le importaría no oír;
o sapo: lleno de esa inmensa nostalgia
que produce la vida en el charco
entre juncos, mosquitos y el rumor
interminable de la autopista que pasa
algunos metros más arriba;
cucaracha de cocina también
y aprovechar que la hora es ideal
para cruzar del fregadero a la despensa
y de regreso tres o cuatro veces;
o a lo mejor verdugo
mientras la ciudad duerme
y los búnkeres subterráneos proliferan
de subversivos iconoclastas y contestatarios
del régimen a los que debe aplicarse
300 watts en los huevos, pica pica entre los dedos
de los pies, y una rociadita
de ácido sulfúrico en los ojos;
puta ya ni se diga; no hay
más que soltarse el pelo y pararse
en la esquina y esperar que aparezca
la solución a todos nuestros problemas;
o payaso de carpa una vez concluida
la última función,
terriblemente abatido y gris
sentado con un cigarrillo frente al espejo
con media cara limpia y la otra mitad
dos veces triste;
cualquier cosa pero no poeta
y menos si llueve y uno está borracho
y alcanzó ya esa edad irrevocable
donde el futuro es lo que no logramos
lo que no hicimos, lo que se nos escapó
de las manos para siempre
y no queda ya nada a lo que aferrarse
entre los naufragados delirios que forjamos
que la simple inercia del cuerpo
su sabia costumbre de mantenerse a flote
deslastrándose de todo lo superfluo
sobrevivir con lo puesto y poco más
una mínima inercia, un rincón donde meternos;
amistarse con el infinito rumor
de la entropía de seres y fantasmas trasnochados
que nos asalta en medio de la oscuridad
con su incesante lamento, queja o agonía;
la cavilación del fracaso hasta convencerse
de que se hizo todo lo humanamente posible
y se cayó con la cara al sol
no hay mucho más que añadir a esto
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