Jesús Cáñez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Una guitarra al abandono en una esquina,
una copa de vidrio que es fortaleza y armada,
una cuchara que es compañía y camarada
del soldado de letras cual matiz es su carabina
un disfraz envuelto en humo vuelto cortina,
un arreglo de flores esperando ser regadas,
una botella de ajenjo temiendo por ser tomada,
papel y pluma con tinta espesa y bailarina
un verso más para seguir con la misma rutina
de componer poemas con la cabeza en la almohada
pensando en lugares vacíos, llenos de nada,
tan solo las manos perfumadas de nicotina.
un trago al amargo letargo de su neblina
encontrándose prisionero con su verde hada
que le dicta al poeta una sutil carcajada
la cual se desliza por sus sueños de indisciplina
se ve de fiesta en colores de serpentina;
son sus usuales destellos de madrugada
festejando sinestésicamente su viva jornada
divirtiéndose en el umbral que le arremolina.
Así vive el poeta de ajenjo, le gusta estar en la ruina,
le gusta estar pendiente de su vieja corazonada,
vivir al compás que avisa en su cuerpo la campanada
que todas las noches muere en la guillotina.
una copa de vidrio que es fortaleza y armada,
una cuchara que es compañía y camarada
del soldado de letras cual matiz es su carabina
un disfraz envuelto en humo vuelto cortina,
un arreglo de flores esperando ser regadas,
una botella de ajenjo temiendo por ser tomada,
papel y pluma con tinta espesa y bailarina
un verso más para seguir con la misma rutina
de componer poemas con la cabeza en la almohada
pensando en lugares vacíos, llenos de nada,
tan solo las manos perfumadas de nicotina.
un trago al amargo letargo de su neblina
encontrándose prisionero con su verde hada
que le dicta al poeta una sutil carcajada
la cual se desliza por sus sueños de indisciplina
se ve de fiesta en colores de serpentina;
son sus usuales destellos de madrugada
festejando sinestésicamente su viva jornada
divirtiéndose en el umbral que le arremolina.
Así vive el poeta de ajenjo, le gusta estar en la ruina,
le gusta estar pendiente de su vieja corazonada,
vivir al compás que avisa en su cuerpo la campanada
que todas las noches muere en la guillotina.