Hannah Alarcón G.
Poeta asiduo al portal
Un largo, largo día. Se de tu cansancio, de tu falta de dormir. Por eso hago oídos sordos a tus palabras. A tus reclamos sin sentido y esa constante necesidad de debatir cada una de mis palabras.
Por fin, acostados y con la luz apagada escucho tus hirientes palabras. "No se por que tengo que estar con una mujer tonta y fea".
Con toda la serenidad que mi cansancio puede proporcionar, solo atino a decir. "Aquí no hay obligación de estar para nadie, si quieres irte, vete". Esto dicho en mi entendido que jamás pasaría.
Y te vas.
Quitas los cerrojos de la puerta y yo en silencio detrás de ti aún incrédula.
Ya afuera, mientras tú silueta se esconde en la sombra, intento indagar:
-¿vas a pasar ahí la noche?.
-Me gusta estar aquí. Fue la respuesta.
-Esta bien, no importa.
Cierro la puerta, no para que no puedas pasar, sino para poder recapitular lo que ha pasado.
Hay dos filtros más de seguridad para poder salir a la calle, pero no lo haces, solo estas ahí en la sombra, oculto.
¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué fue lo que realmente pasó, que no estoy viendo?
Y la respuesta llega. Muy lenta y silenciosamente oigo la puerta de la vecina abrirse. Susurros y pasos sigilosos que no pueden ocultarse. Por eso fue todo el show, buscabas la manera de estar con ella.
No se si sentirme aliviada, ofendida, dolida, rechazada. Miles de veces he leído que es mi deber, mi obligación, por salud mental, no tomarme a pecho tus palabras ni tus acciones.
Pero me toman desprevenida ciertas palabras y actitudes tuyas tan arrebatadas. Y la verdad no me siento ofendida, ni dolida. Decepcionada, de no tener una mejor reacción, no culparé al cansancio ni al sueño de no haber actuado de mejor manera, pero se que pude hacer algo mejor aunque, en este instante no se que sería, sobre todo por que ahora se que te aprovecharás de lo que digo.
Estoy consciente que tus palabras en mí, no debo de tomarlas personal, pues son polvo llevado por el viento. Y que al contrario cada palabra y acción hacia ti, queda grabada en piedra, cayendo sobre mí la responsabilidad de cada una de ellas.
Cosa injusta, creo yo. Por que antes que todo, soy humano. Pero así son las reglas del juego. Y yo no me se rajar, así jugaré.
Una hora después regresas. Tocas la puerta y veo tus grandes, profundos y bellos ojos, cansados y llorosos.
-Mami, me perdonas por decirte cosas feas.
-¿Realmente sentías lo que me dijiste?
-No, es que me quería ir a dormir a la casa de mi abuelita.
-Te perdono corazón. Yo también dije cosas feas que no sentía, me perdonas?
-Si, mami.
Los pequeños brazos que me rodean dan los abrazos más grandes, fuertes y cálidos que haya conocido y ese "te amo" sincero que lo repara todo.
-Vamos a dormir y hablamos mañana.
-Me dejas dormirme con mi abuelita.
Tal vez tendría que decir que no. Reforzar mi autoridad... bla,bla,bla.
Estaba tan escéptica a que la abuela viviera, no sólo en el mismo complejo, si no, a un lado de mi casa, que por mí, lo habría impedido, estoy tan acostumbrada a mi propio espacio. Pero les ha hecho tanto bien a los dos chiquillos (4 y 2 años), sobre todo en esta dura etapa de separación, que no tengo más que agradecerle.
-Está bien. Descansa. Te amo.
Estaré loca. Pero de todos los papeles que a diario me toca jugar, administradora, jefa, ama de casa, hija, hermana, taxi, vendedora, etcétera. Ser madre es el que más me hace sentirme humana, con todas las virtudes y defectos que eso conlleva.
Por fin, acostados y con la luz apagada escucho tus hirientes palabras. "No se por que tengo que estar con una mujer tonta y fea".
Con toda la serenidad que mi cansancio puede proporcionar, solo atino a decir. "Aquí no hay obligación de estar para nadie, si quieres irte, vete". Esto dicho en mi entendido que jamás pasaría.
Y te vas.
Quitas los cerrojos de la puerta y yo en silencio detrás de ti aún incrédula.
Ya afuera, mientras tú silueta se esconde en la sombra, intento indagar:
-¿vas a pasar ahí la noche?.
-Me gusta estar aquí. Fue la respuesta.
-Esta bien, no importa.
Cierro la puerta, no para que no puedas pasar, sino para poder recapitular lo que ha pasado.
Hay dos filtros más de seguridad para poder salir a la calle, pero no lo haces, solo estas ahí en la sombra, oculto.
¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué fue lo que realmente pasó, que no estoy viendo?
Y la respuesta llega. Muy lenta y silenciosamente oigo la puerta de la vecina abrirse. Susurros y pasos sigilosos que no pueden ocultarse. Por eso fue todo el show, buscabas la manera de estar con ella.
No se si sentirme aliviada, ofendida, dolida, rechazada. Miles de veces he leído que es mi deber, mi obligación, por salud mental, no tomarme a pecho tus palabras ni tus acciones.
Pero me toman desprevenida ciertas palabras y actitudes tuyas tan arrebatadas. Y la verdad no me siento ofendida, ni dolida. Decepcionada, de no tener una mejor reacción, no culparé al cansancio ni al sueño de no haber actuado de mejor manera, pero se que pude hacer algo mejor aunque, en este instante no se que sería, sobre todo por que ahora se que te aprovecharás de lo que digo.
Estoy consciente que tus palabras en mí, no debo de tomarlas personal, pues son polvo llevado por el viento. Y que al contrario cada palabra y acción hacia ti, queda grabada en piedra, cayendo sobre mí la responsabilidad de cada una de ellas.
Cosa injusta, creo yo. Por que antes que todo, soy humano. Pero así son las reglas del juego. Y yo no me se rajar, así jugaré.
Una hora después regresas. Tocas la puerta y veo tus grandes, profundos y bellos ojos, cansados y llorosos.
-Mami, me perdonas por decirte cosas feas.
-¿Realmente sentías lo que me dijiste?
-No, es que me quería ir a dormir a la casa de mi abuelita.
-Te perdono corazón. Yo también dije cosas feas que no sentía, me perdonas?
-Si, mami.
Los pequeños brazos que me rodean dan los abrazos más grandes, fuertes y cálidos que haya conocido y ese "te amo" sincero que lo repara todo.
-Vamos a dormir y hablamos mañana.
-Me dejas dormirme con mi abuelita.
Tal vez tendría que decir que no. Reforzar mi autoridad... bla,bla,bla.
Estaba tan escéptica a que la abuela viviera, no sólo en el mismo complejo, si no, a un lado de mi casa, que por mí, lo habría impedido, estoy tan acostumbrada a mi propio espacio. Pero les ha hecho tanto bien a los dos chiquillos (4 y 2 años), sobre todo en esta dura etapa de separación, que no tengo más que agradecerle.
-Está bien. Descansa. Te amo.
Estaré loca. Pero de todos los papeles que a diario me toca jugar, administradora, jefa, ama de casa, hija, hermana, taxi, vendedora, etcétera. Ser madre es el que más me hace sentirme humana, con todas las virtudes y defectos que eso conlleva.