Allá, por el andén más triste del mundo,
donde no hay fragancias,
donde sobran los minutos,
allí donde no hay amigos
con los que fumarse una decimita de segundo.
Allá, por donde para el tren
de la arrongancia,
vino, espinas, recuerdos a Manhattan,
torbellinos que codenan las palabras
a vasitos rellenos de nostalgia.
"Te espero/
donde la fragancia de un pétalo/
sobre la comisura de tu alma/
firme una constelación de versos,/
de arte construido en tu mirada".
Y había una maleta vacía por enero,
reservada a un pasado que será mejor,
a un papel de traficante doctorado,
sin sueños; ni pachangas
de fútbol a la hora del comedor.
Y había una princesa violada por los años,
por todas las mañanas que
emana el verbo mentir,
por todas las pasarelas que no valen
nada...
si la nada es la que te deja vivir.
"Y me consumo sin el despertar/
de mi mañana, y me ahogo sin/
un beso con el que poder respirar,/
y me muero, y me suicido sin tu alma,/
sin una caricia que me evite naufragar".
Por un andén.
Por un silbido que le decía
al viento todos los sueños
que no te toca besar. Como
un acorde de terciopelo,
que envidia la música de las olas
porque con ellas se duerme la mar.
Por un kakania desolado
de verse a sí
mismo fracasar. Como
un corazón rebajado en Enero
porque nadie lo ha querido comprar.
Por un andén.
"Ni la distancia que/
separa el recuerdo del olvido/
podría evitar que partitura/
e instrumento/
compusieran/
el más bello blues/
durante la madrugada de tus sueños".
Y había unos ojos extranjeros,
perlitas divinas que se dejó algún
dios en el océano;
perlitas hundidas, masacradas en
una laguna de desprecios.
Y había un Peter Pan vestido
de berbena, sonriente
de tanto jugar
a ser la estrella
más luminosa
en un cielo de crack.
"Y sigo sin ver tu/
mirada, y ya no sé/
como imaginarla,/
como ocultarle al/
comisario de la razón/
que prefiero la locura/
y el infierno,/
a que dejes de reinar/
en mi carcomido corazón".
Allá, por donde habita el olvido,
en la parada más negra evocada
por Satán, allá donde el sol
paga el peaje del silencio,
del asesino que nunca pudo matar.
Parado. Frente a mí.
En el andén más triste del mundo.
Con mono de ti,
pegado a tu ausencia,
cansado de esperar el tren de las miserias,
demasiado viejo para querer morir.
donde no hay fragancias,
donde sobran los minutos,
allí donde no hay amigos
con los que fumarse una decimita de segundo.
Allá, por donde para el tren
de la arrongancia,
vino, espinas, recuerdos a Manhattan,
torbellinos que codenan las palabras
a vasitos rellenos de nostalgia.
"Te espero/
donde la fragancia de un pétalo/
sobre la comisura de tu alma/
firme una constelación de versos,/
de arte construido en tu mirada".
Y había una maleta vacía por enero,
reservada a un pasado que será mejor,
a un papel de traficante doctorado,
sin sueños; ni pachangas
de fútbol a la hora del comedor.
Y había una princesa violada por los años,
por todas las mañanas que
emana el verbo mentir,
por todas las pasarelas que no valen
nada...
si la nada es la que te deja vivir.
"Y me consumo sin el despertar/
de mi mañana, y me ahogo sin/
un beso con el que poder respirar,/
y me muero, y me suicido sin tu alma,/
sin una caricia que me evite naufragar".
Por un andén.
Por un silbido que le decía
al viento todos los sueños
que no te toca besar. Como
un acorde de terciopelo,
que envidia la música de las olas
porque con ellas se duerme la mar.
Por un kakania desolado
de verse a sí
mismo fracasar. Como
un corazón rebajado en Enero
porque nadie lo ha querido comprar.
Por un andén.
"Ni la distancia que/
separa el recuerdo del olvido/
podría evitar que partitura/
e instrumento/
compusieran/
el más bello blues/
durante la madrugada de tus sueños".
Y había unos ojos extranjeros,
perlitas divinas que se dejó algún
dios en el océano;
perlitas hundidas, masacradas en
una laguna de desprecios.
Y había un Peter Pan vestido
de berbena, sonriente
de tanto jugar
a ser la estrella
más luminosa
en un cielo de crack.
"Y sigo sin ver tu/
mirada, y ya no sé/
como imaginarla,/
como ocultarle al/
comisario de la razón/
que prefiero la locura/
y el infierno,/
a que dejes de reinar/
en mi carcomido corazón".
Allá, por donde habita el olvido,
en la parada más negra evocada
por Satán, allá donde el sol
paga el peaje del silencio,
del asesino que nunca pudo matar.
Parado. Frente a mí.
En el andén más triste del mundo.
Con mono de ti,
pegado a tu ausencia,
cansado de esperar el tren de las miserias,
demasiado viejo para querer morir.