rudyvaldenegro
Poeta recién llegado
-Buenos días-, te dice el sacrificio
De la pobre recompensa
Con voz ronca y su figura fantasmal
Como burlándose de tu circunstancia.
La pereza, como una niña tímida,
Se esconde entre tus piernas.
La necesidad te arroja, deprisa, de tu lecho
Hacia el tráfico de la urbanidad,
Hacia las labores del día,
Hacia la vigilia y la competencia.
¿Es obra de la casualidad que el paraíso
No esté hacinado de vacantes ocupaciones,
Ni de fábricas, ni hospitales,
Ni contralorías, ni ejércitos?
He ahí el ideal de tus instintos mayores:
El sueño de la ociosidad eterna y la felicidad
Si regulas tus actos o si te arrepientes.
¿Creíste que era sencillo vivir,
Optimista ciudadano,
Que no te corromperías fácilmente,
Que podrías alcanzar la perfección,
Que encontrarías la llave de la felicidad?,
Y si las cosas no marchaban
¿Creíste que los dioses te protegerían?,
Pues mira lo fenómeno que fueron:
Nunca tuvieron brazos para estrecharte,
Nunca tuvieron ojos para encontrarte,
Nunca orejas para oírte,
Ni corazón para apiadarse,
Y, sin embargo, de rodillas imploraste.
Los dioses llegaron del mar,
Pero por suerte se desangraban y morían,
No eran conciliadores,
Ni, mucho menos, benevolentes.
Con voz ronca y su figura fantasmal
Como burlándose de tu circunstancia.
La pereza, como una niña tímida,
Se esconde entre tus piernas.
La necesidad te arroja, deprisa, de tu lecho
Hacia el tráfico de la urbanidad,
Hacia las labores del día,
Hacia la vigilia y la competencia.
¿Es obra de la casualidad que el paraíso
No esté hacinado de vacantes ocupaciones,
Ni de fábricas, ni hospitales,
Ni contralorías, ni ejércitos?
He ahí el ideal de tus instintos mayores:
El sueño de la ociosidad eterna y la felicidad
Si regulas tus actos o si te arrepientes.
¿Creíste que era sencillo vivir,
Optimista ciudadano,
Que no te corromperías fácilmente,
Que podrías alcanzar la perfección,
Que encontrarías la llave de la felicidad?,
Y si las cosas no marchaban
¿Creíste que los dioses te protegerían?,
Pues mira lo fenómeno que fueron:
Nunca tuvieron brazos para estrecharte,
Nunca tuvieron ojos para encontrarte,
Nunca orejas para oírte,
Ni corazón para apiadarse,
Y, sin embargo, de rodillas imploraste.
Los dioses llegaron del mar,
Pero por suerte se desangraban y morían,
No eran conciliadores,
Ni, mucho menos, benevolentes.
Última edición: