Por eso me voy a inscribir en un gimnasio

espinasyabrojos

Poeta fiel al portal
Por eso me voy a inscribir en un gimnasio

Frente a mi ventana
al otro lado de la calle
vive un anciano gay y sin familia,
con fotos de sus ex-galanes en las ventanas
y un batallón de chiringas inservibles.

Como todas las casas
con muchas chiringas rotas,
es un lugar de locos
donde reina el silencio
o se habla en murmullos.

Los galanes nunca envejecen.
La televisión no se apaga.
Los casi-amigos, casi-familiares, discuten
arrojándose a la cara todo tipo de miedos
y drama cada vez que el viejo intenta hablar.
El único ausente: la estrepitosa
bienvenida a un amante.

Cuando el viejo se harta
de ser invisible y no le apetece ser
una foto vintage mustia,
camina a la playa,
planta los pies en la arena
a la sombra de un árbol
de uvas playeras y espera.

Ahí pasa las horas
interminables de la noche
hasta que le invade el cansancio.

Siempre mirando al mar,
hacia algún punto inexistente
al final de la oscuridad,
a ninguna parte, como las estrellas
girantes de Van Gogh,
acostado en la hamaca de la memoria,
desentrañando primitivos arcoíris,
alucinando de nuevo
su fracaso y derrota.

El pequeño y modesto apartamento
que estreno después de seiscientos huracanes
es su último refugio de sosiego.

Ayer mire por la ventana
y ya no estaba el viejo,
los retratos de sus ex-galanes,
las chiringas inservibles,
o las pisadas en arena.
 
Última edición:
Por eso me voy a inscribir en un gimnasio

Frente a mi ventana
al otro lado de la calle
vive un anciano gay y sin familia,
con fotos de sus ex-galanes en las ventanas
y un batallón de chiringas inservibles.

Como todas las casas
con muchas chiringas rotas,
es un lugar de locos
donde reina el silencio
o se habla en murmullos.

Los galanes nunca envejecen.
La televisión no se apaga.
Los casi-amigos, casi-familiares, discuten
arrojándose a la cara todo tipo de miedos
y drama cada vez que el viejo intenta hablar.
El único ausente: la estrepitosa
bienvenida a un amante.

Cuando el viejo se harta
de ser invisible y no le apetece ser
una foto vintage mustia,
camina a la playa,
planta los pies en la arena
a la sombra de un árbol
de uvas playeras y espera.

Ahí pasa las horas
interminables de la noche
hasta que le invade el cansancio.

Siempre mirando al mar,
hacia algún punto inexistente
al final de la oscuridad,
a ninguna parte, como las estrellas
girantes de Van Gogh,
acostado en la hamaca de la memoria,
desentrañando primitivos arcoíris,
alucinando de nuevo
su fracaso y derrota.

El pequeño y modesto apartamento
que estreno después de seiscientos huracanes
es su último refugio de sosiego.

Ayer mire por la ventana
y ya no estaba el viejo,
los retratos de sus ex-galanes,
las chiringas inservibles,
o las pisadas en arena.
En ocasiones no nos damos cuenta de como todas las fragancias
repetitivas de la vida se nos esfuman. desde la sinceridad una
mirada goteante para preguntarse por el tiempo. bellissimas
descripciones. saludos de luzyabsenta
 

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