Un jaspeado reino de otro mundo,se volatiliza calmo en una niebla caliente de cenizas ofrecidas en manos grasientas al vejestorio rey de las luminosas ofrendas.Es entonces la hora portentosa de santiguarse como un poseso con diez avemarías y catorce padrenuestros.Pero cuando la llameante faz de Lucifer se sacude de sus masculinos hombros de primer profeta divino la larga e insidiosa teogonía,traducida en el árbol majestuoso de las putrefactas genealogías,clama al cielo ensangrentado con un furioso vozarrón que hace sacudir de pánico el cancerígeno tuétano de esos pobres imbéciles.Sí,esos santurrones que se pintarrajean la ominosa faz blasfema con la cruenta luz cegadora de la funesta cruz cristiana.Ante tal simiesco ritual de caducos tiempos,la falange obscura,fiel al destino férreo del caído ángel bello de azulados cabellos ondeando al silencioso viento en flor,no puede hacer más que callar por nihilismo consumado.