Ezequiel Muller
Poeta recién llegado
Bajo el sol de la montaña
rodeado de águilas
te soñé con los dedos sobre el espacio
en blanco. Pinté tu cuerpo
tu mirada oblicua y
por pura diversión las trenzas
de hierro que te han atado
durante siglos.
Hijo de mis manos,
yo apenas era un muchacho
cuando te vendí como lienzo para seguir,
un día más, a las mujeres del balneario.
Hoy, desde el fondo de esta ciudad terrible,
mis ojos electrónicos han visto tu caballo
azul como una legión
que emerge del lienzo del mar,
oteando el horizonte por primera vez,
cambiándolo a cada respiración
por tu niebla disolvente.
Me buscas entre los leones de la playa,
pero yo ya no soy un león.
Y éste ya no es mi sueño.
Que Dios se apiade de mi alma.
rodeado de águilas
te soñé con los dedos sobre el espacio
en blanco. Pinté tu cuerpo
tu mirada oblicua y
por pura diversión las trenzas
de hierro que te han atado
durante siglos.
Hijo de mis manos,
yo apenas era un muchacho
cuando te vendí como lienzo para seguir,
un día más, a las mujeres del balneario.
Hoy, desde el fondo de esta ciudad terrible,
mis ojos electrónicos han visto tu caballo
azul como una legión
que emerge del lienzo del mar,
oteando el horizonte por primera vez,
cambiándolo a cada respiración
por tu niebla disolvente.
Me buscas entre los leones de la playa,
pero yo ya no soy un león.
Y éste ya no es mi sueño.
Que Dios se apiade de mi alma.