XANA
Poeta fiel al portal
No busco en la soledad
morder la mano que aún me acompaña,
sino estar a solas conmigo,
desordenar el caos de mis cosas,
cerrar las puertas abiertas
a cualquier perro herido,
echar las contraventanas
a ese viento que trasnocha,
y no volver a abrir los postigos
ni siquiera a los amigos,
pues el corazón se hizo viejo
-llevó vida de calavera-
y ya apenas puede cargar conmigo.
Dejé atrás las pasiones,
en toda su disparidad,
-¡dulces eran, dulces eran!-
que, desiertas las arenas,
languidecen como horas
de la tarde de un domingo cualquiera.
Mi voluntad, muy a mi pesar, entrego
a otros menos turbios menesteres,
que, doctos en estos asuntos,
aconsejan a mi edad.
No busco pena ni gloria,
la primera ya la doy,
de viaje es compañera,
y la última, con aquel Capitán General,
ni está ni se la espera.
Cansado de rondar sirenas,
se me acabó la ginebra,
no recuerdo si en un bar
o en alguna trastienda,
-¡Arturo y cierra bares!
era mi santo y seña-,
se me fue en un solo trago,
como las noches de luna
de anchas espaldas,
donde un vicio no era pecado
sino una virtud plebeya
y, ahora, vivo descansado
de mí y de mi mesnada
en un paraíso de píldoras diversas.
A mi edad siempre me digo,
si las grageas no han de poder contigo,
y te pones a buscar
si encuentras
se te ha de olvidar
lo que ibas a buscar
o es que no buscas nada.
morder la mano que aún me acompaña,
sino estar a solas conmigo,
desordenar el caos de mis cosas,
cerrar las puertas abiertas
a cualquier perro herido,
echar las contraventanas
a ese viento que trasnocha,
y no volver a abrir los postigos
ni siquiera a los amigos,
pues el corazón se hizo viejo
-llevó vida de calavera-
y ya apenas puede cargar conmigo.
Dejé atrás las pasiones,
en toda su disparidad,
-¡dulces eran, dulces eran!-
que, desiertas las arenas,
languidecen como horas
de la tarde de un domingo cualquiera.
Mi voluntad, muy a mi pesar, entrego
a otros menos turbios menesteres,
que, doctos en estos asuntos,
aconsejan a mi edad.
No busco pena ni gloria,
la primera ya la doy,
de viaje es compañera,
y la última, con aquel Capitán General,
ni está ni se la espera.
Cansado de rondar sirenas,
se me acabó la ginebra,
no recuerdo si en un bar
o en alguna trastienda,
-¡Arturo y cierra bares!
era mi santo y seña-,
se me fue en un solo trago,
como las noches de luna
de anchas espaldas,
donde un vicio no era pecado
sino una virtud plebeya
y, ahora, vivo descansado
de mí y de mi mesnada
en un paraíso de píldoras diversas.
A mi edad siempre me digo,
si las grageas no han de poder contigo,
y te pones a buscar
si encuentras
se te ha de olvidar
lo que ibas a buscar
o es que no buscas nada.