Posa tu mano agusanada

GIACOMO

Poeta recién llegado
Ven posa tu mano agusanada en mi hombro.
Dime: -¿Cuántas horas has llorado lejos de mis brazos?-.
Levantaste el cielo cuando te marchaste y llenaste
el orificio de mi virgen calma con harapos de desdén.

Vuelven tus horas a revocar el tiempo que perdiste
cuando tu alma extravagante emigro rumbo al parnaso.
Los niños lloraron en silencio tu ausencia y recostado
quede día a día esperando que el fuego de tu recuerdo se extinga.

Ahora intentas darle agua a la marchita flor.
Me ves y con ansias intentas devolverme la astilla
de tu presencia a mi vida. Infortunada mujer
la sombra de mi presencia advino a ti en tu dolor
y con ella intentas restaurar el suave dulzor de las fresas.

Eras mía como el aliento fresco de la virgen flor.
Tus pensamientos eran mis sueños. Tu rostro
la idolatracion, el dios perfecto de mis ojos.
La corteza suave de tu piel era el aire inmutable
que necesitaba mi ser para respirar.

Ahora yaces muerta en el orificio negro de la noche
Tu espíritu ya no aviva el hambre de mi querer enfermizo,
este dolor que hoy vez ligado a mí no es el tuyo.

Arranca tus ojos de mi presencia y vierte suavemente
sobre tu alma la triste idea de reconocer que la luz
elíptica del sol nunca volverá arder en tu áspero mundo.​
 

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