Himinglaeva
Poeta que considera el portal su segunda casa
Poseído por ella
Era un verdadero espectáculo de la naturaleza lo que él podía observar desde la terraza de su habitación, el hermoso color del ocaso, esos tonos que variaban desde rojo hasta naranja, que hacían lucir el cielo como si estuviese en llamas y estas extendieran sus lenguas de fuego intentando lamer el intenso azul del mar. Era realmente espectacular esa visión que le obsequiaba la naturaleza. Sin poder evitarlo lo hizo acordarse de ella y ese fuego que antes estaba en el cielo, se apoderaba de su cuerpo, consumiéndolo lentamente, haciéndolo sudar sus miedos, sus dudas, mientras las lagrimas que salían de sus ojos intentaban inútilmente apagar esa llama, que le quemaba hasta las entrañas.
Cuantas veces deseo verla llegar en un momento así, y que se apoderara de él. Invadiendo el aire con ese único e inconfundible pútrido aroma. Cuantas veces imagino verla entrar a su habitación, cubierta de velos negros, como esos secretos lóbregos y misteriosos que se ocultaban en lo más profundo de su ser. Otras la imaginaba de vestiduras blancas, puras y nobles como el amor que una vez sintió en su vida, y no tuvo el valor de luchar por el. Pero allí se encontraba preparado para su encuentro, sólo anhelando el momento perfecto, el minuto ideal para ofrecerle a ella todo lo que él tenía, todo lo que era. Se sentía cansado, sofocado por el calor, o por el fuego que emergía desde su interior, no podía identificarlo. Solamente se entregó al momento en que sintió sus pasos a su espalda. Su pulso se aceleró, sus labios ligeramente entreabiertos, para facilitar su respiración, cerró sus ojos para lentamente entregarse a ella.
Deseando con todas sus fuerzas poseerla y ser poseído, anhelando con todas sus deseos impregnar su alma impregnarla en ella. Deseaba recorrerla con sus más infinitas ansias, esas que se hacían gotas de rocío sobre su piel, con las que ella saciaba su sed. Buscó sus labios con desesperación intentando traspasarle su alma en un beso. Mientras con sus manos temblorosas recorría sus rutas, se deleitaba en las curvas de sus propios recuerdos, se entregaba con la pasión desenfrenada de una amante cegado por la enigmática luna llena en una noche de lujuria y placer; como un hombre decidido a enfrentarse a la mustia mirada de su vida o como un niño que del pecho de su madre hace su lecho.
Y ella lucía irresistiblemente seductora, provocadora, tan tenebrosa envuelta en vestiduras rojas, con mirada altiva, de labios seductores y enigmática voz portadora de los ecos de sus ruegos, de sus noches de desvelo, donde él imploraba atarse a sus brazos, fundirse en sus labios, entregarle su alma. En su pecho ella lo acunó, sus senos convirtió en cáliz, del cual él se embriagó hasta sentirse intoxicado, relajado. Una inexplicable sensación de bienestar se apoderó de su cuerpo haciéndole experimentar el éxtasis perfecto, al haber hecho el amor con el ángel de la muerte que al descanso eterno entre sus brazos lo llevó.
Era un verdadero espectáculo de la naturaleza lo que él podía observar desde la terraza de su habitación, el hermoso color del ocaso, esos tonos que variaban desde rojo hasta naranja, que hacían lucir el cielo como si estuviese en llamas y estas extendieran sus lenguas de fuego intentando lamer el intenso azul del mar. Era realmente espectacular esa visión que le obsequiaba la naturaleza. Sin poder evitarlo lo hizo acordarse de ella y ese fuego que antes estaba en el cielo, se apoderaba de su cuerpo, consumiéndolo lentamente, haciéndolo sudar sus miedos, sus dudas, mientras las lagrimas que salían de sus ojos intentaban inútilmente apagar esa llama, que le quemaba hasta las entrañas.
Cuantas veces deseo verla llegar en un momento así, y que se apoderara de él. Invadiendo el aire con ese único e inconfundible pútrido aroma. Cuantas veces imagino verla entrar a su habitación, cubierta de velos negros, como esos secretos lóbregos y misteriosos que se ocultaban en lo más profundo de su ser. Otras la imaginaba de vestiduras blancas, puras y nobles como el amor que una vez sintió en su vida, y no tuvo el valor de luchar por el. Pero allí se encontraba preparado para su encuentro, sólo anhelando el momento perfecto, el minuto ideal para ofrecerle a ella todo lo que él tenía, todo lo que era. Se sentía cansado, sofocado por el calor, o por el fuego que emergía desde su interior, no podía identificarlo. Solamente se entregó al momento en que sintió sus pasos a su espalda. Su pulso se aceleró, sus labios ligeramente entreabiertos, para facilitar su respiración, cerró sus ojos para lentamente entregarse a ella.
Deseando con todas sus fuerzas poseerla y ser poseído, anhelando con todas sus deseos impregnar su alma impregnarla en ella. Deseaba recorrerla con sus más infinitas ansias, esas que se hacían gotas de rocío sobre su piel, con las que ella saciaba su sed. Buscó sus labios con desesperación intentando traspasarle su alma en un beso. Mientras con sus manos temblorosas recorría sus rutas, se deleitaba en las curvas de sus propios recuerdos, se entregaba con la pasión desenfrenada de una amante cegado por la enigmática luna llena en una noche de lujuria y placer; como un hombre decidido a enfrentarse a la mustia mirada de su vida o como un niño que del pecho de su madre hace su lecho.
Y ella lucía irresistiblemente seductora, provocadora, tan tenebrosa envuelta en vestiduras rojas, con mirada altiva, de labios seductores y enigmática voz portadora de los ecos de sus ruegos, de sus noches de desvelo, donde él imploraba atarse a sus brazos, fundirse en sus labios, entregarle su alma. En su pecho ella lo acunó, sus senos convirtió en cáliz, del cual él se embriagó hasta sentirse intoxicado, relajado. Una inexplicable sensación de bienestar se apoderó de su cuerpo haciéndole experimentar el éxtasis perfecto, al haber hecho el amor con el ángel de la muerte que al descanso eterno entre sus brazos lo llevó.