Marcelo Pavón Suárez
Vasto
Sentado en un banco de madera
que le creció a un parque de Montmartre
puedo ver,
en el último peldaño del día,
al sol abatido
como una maleta que guarda las distancias
entre todos los corazones del mundo.
No sé cuánto de ti
hay en las mentiras que me digo
para empezar a perderte,
tengo ganas
pero no voluntad
de hacerlo,
soy un fumador compulsivo
de tus silencios,
enrollo un violonchelo
dentro de un borrador
y le doy una calada profunda
a una triste melodía
escuchada por tus dedos
separados de mi tacto
y el último vuelo de nuestras ánimas
me rueda por el rostro.
Hace frío…
En el blanco humo de las chimeneas
se escribe
el próximo destino de un hombre.
A lo lejos
la torre Eiffel se yergue
como una jirafa sombría
devorando a los ángeles
que le sobraron al cielo,
Mi saco inglés huele a biblioteca abandonada,
de la bufanda me cuelga
tu abrazo postrero
y el penúltimo pétalo,
de la novísima flor del mal
que Boudelaire escupe desde el infinito,
me deja el sabor de nuestro desencuentro
sobre los labios.
Hace silencio el ocaso,
en los confines del mar
el agua se cose al cielo todo,
enhebrando la brisa
en el remo de un pescador.
Me acaricio el pecho
para que el corazón pueda dormirse
sin pensar tanto,
sin pensar tonto
el muy malherido,
el muy mal…parido.
que le creció a un parque de Montmartre
puedo ver,
en el último peldaño del día,
al sol abatido
como una maleta que guarda las distancias
entre todos los corazones del mundo.
No sé cuánto de ti
hay en las mentiras que me digo
para empezar a perderte,
tengo ganas
pero no voluntad
de hacerlo,
soy un fumador compulsivo
de tus silencios,
enrollo un violonchelo
dentro de un borrador
y le doy una calada profunda
a una triste melodía
escuchada por tus dedos
separados de mi tacto
y el último vuelo de nuestras ánimas
me rueda por el rostro.
Hace frío…
En el blanco humo de las chimeneas
se escribe
el próximo destino de un hombre.
A lo lejos
la torre Eiffel se yergue
como una jirafa sombría
devorando a los ángeles
que le sobraron al cielo,
Mi saco inglés huele a biblioteca abandonada,
de la bufanda me cuelga
tu abrazo postrero
y el penúltimo pétalo,
de la novísima flor del mal
que Boudelaire escupe desde el infinito,
me deja el sabor de nuestro desencuentro
sobre los labios.
Hace silencio el ocaso,
en los confines del mar
el agua se cose al cielo todo,
enhebrando la brisa
en el remo de un pescador.
Me acaricio el pecho
para que el corazón pueda dormirse
sin pensar tanto,
sin pensar tonto
el muy malherido,
el muy mal…parido.