Luis Libra
Atención: poeta en obras
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¡Prefabrícame!
¡o prefabricadme dos alas negras!, plegables, de espejo anti-soles
acomplejados y planetas prepotentes- que no arañen ni asfixien
a los viajeros de la línea 1 del metro en hora punta; que no pesen
demasiado y se abran sin avisar en la oficina, en el súper o en el sofá
de polipiel cuando el amor que me tiembla este u otro sábado navegue
en rítmicas y divertidas condiciones de altamar y tornados varios
sobre mi pelvis tensa (y sobre mi torpe y agujereado espíritu su resaca)
Desencóstrame el petróleo de mi trozo de playa excoralina y menguante
que salpica y anega mis nativas alas: esas que me permitían caer
en picado, morder a las sirenas y comerles una ración de aleta o la punta
de la nariz cruda, empapadas en salsa de soja, y disculparme después
por el atrevimiento y mi hambre. Jurarlas que será la última vez y sellar
el juramento de dedos cruzados con un beso con lengua y dientes,
de esos que preparan el terreno y que, aunque se juren sobre la biblia,
en realidad nunca son de fiar y siempre, siempre quieren más.
Desconvénceme de los sueños que quitan el sueño, que me condenan
a tener que proteger mi hábitat de especies ultraterrestres e invasoras,
a defenderlo de gnomos que devoran agendas telefónicas, señales
de humo, códigos morse y sellos con errata; de estatutos con caricaturas
de tipos hiperfelices, dóciles, afables, interminables, capitales, comerciales
navideños celebrando el 15 cumpleaños de su viejas gatas que se sueñan
perro con sueños de hombre, pateando medicinalmente las partes nobles
de su dueño (orgulloso por saberse caricatura de estatuto)
Desintégrame de integraciones que desintegran mis huellas adictas
a hormigueros contra el miedo, la sumisión y las tarifas planas.
A salidas de emergencia entre el fuego cruzado y a lluvias cabezotas
sobre selvas y desiertos mojados. Provéeme de máquinas de café
capuccino en cuartos escondidos de hospitales blanco oscuro
como la cal, de polillas cuánticas, de orgasmos nucleares y
confluyentes en Titanics biplaza a las afueras, de explosiones
en los adentros cósmicos, de payasos con hígado graso y/o de versos
sin olor a solvente franquicia de dentista.
Resúrgeme, y álzame un castillo (o mejor un palacio) a cada golpe de ola,
una luna en la que alunizar cada lunes. Invéntame una eternidad
con sus muslos, un ventilador y la piedra filosofal de un mechero
(y que de paso quepa en el compartimento de la fruta en la nevera),
un PIN que despierte a los muertos, otro PIN que despierte a los vivos;
un apocalipsis en chupito, un país que no apriete. Y también un héroe
que no se me rompa cuando engorde, un dios que se deje ganar
al póker o una razón que me caliente la cama. Hazme, tú, aquel, aquella,
yo: desconocido y viejo niño de ojos marrones o azules (y perdidos),
una razón.
¡Tan solo hazme/hacedme alguien una razón...!
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¡Prefabrícame!
¡o prefabricadme dos alas negras!, plegables, de espejo anti-soles
acomplejados y planetas prepotentes- que no arañen ni asfixien
a los viajeros de la línea 1 del metro en hora punta; que no pesen
demasiado y se abran sin avisar en la oficina, en el súper o en el sofá
de polipiel cuando el amor que me tiembla este u otro sábado navegue
en rítmicas y divertidas condiciones de altamar y tornados varios
sobre mi pelvis tensa (y sobre mi torpe y agujereado espíritu su resaca)
Desencóstrame el petróleo de mi trozo de playa excoralina y menguante
que salpica y anega mis nativas alas: esas que me permitían caer
en picado, morder a las sirenas y comerles una ración de aleta o la punta
de la nariz cruda, empapadas en salsa de soja, y disculparme después
por el atrevimiento y mi hambre. Jurarlas que será la última vez y sellar
el juramento de dedos cruzados con un beso con lengua y dientes,
de esos que preparan el terreno y que, aunque se juren sobre la biblia,
en realidad nunca son de fiar y siempre, siempre quieren más.
Desconvénceme de los sueños que quitan el sueño, que me condenan
a tener que proteger mi hábitat de especies ultraterrestres e invasoras,
a defenderlo de gnomos que devoran agendas telefónicas, señales
de humo, códigos morse y sellos con errata; de estatutos con caricaturas
de tipos hiperfelices, dóciles, afables, interminables, capitales, comerciales
navideños celebrando el 15 cumpleaños de su viejas gatas que se sueñan
perro con sueños de hombre, pateando medicinalmente las partes nobles
de su dueño (orgulloso por saberse caricatura de estatuto)
Desintégrame de integraciones que desintegran mis huellas adictas
a hormigueros contra el miedo, la sumisión y las tarifas planas.
A salidas de emergencia entre el fuego cruzado y a lluvias cabezotas
sobre selvas y desiertos mojados. Provéeme de máquinas de café
capuccino en cuartos escondidos de hospitales blanco oscuro
como la cal, de polillas cuánticas, de orgasmos nucleares y
confluyentes en Titanics biplaza a las afueras, de explosiones
en los adentros cósmicos, de payasos con hígado graso y/o de versos
sin olor a solvente franquicia de dentista.
Resúrgeme, y álzame un castillo (o mejor un palacio) a cada golpe de ola,
una luna en la que alunizar cada lunes. Invéntame una eternidad
con sus muslos, un ventilador y la piedra filosofal de un mechero
(y que de paso quepa en el compartimento de la fruta en la nevera),
un PIN que despierte a los muertos, otro PIN que despierte a los vivos;
un apocalipsis en chupito, un país que no apriete. Y también un héroe
que no se me rompa cuando engorde, un dios que se deje ganar
al póker o una razón que me caliente la cama. Hazme, tú, aquel, aquella,
yo: desconocido y viejo niño de ojos marrones o azules (y perdidos),
una razón.
¡Tan solo hazme/hacedme alguien una razón...!
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