Évano
Libre, sin dioses.
Cómo juzgar al que no supo de letras
desde la cima de esta, mi soberbia,
o el fruto del sudor de la pobreza.
Me arrojaste al futuro desolado,
a este lago eterno, de hielo de azul de olvido,
como a un niño desnudo y tembloroso
que ante cerebros de corbatas de fábricas
dudaba de la nada que los adorna.
Sólo infinito páramo de frío, madre,
son las cúpulas que adornan la pirámide.
Quién fuera siempre tu regazo
a la luz de la brasa de ayer,
entre el ayuno de vida que perduraba
hasta la noche que ululaba el viento
que nos rodeaba del universo ajeno.
Quién fuera tumba entre las gritos del tiempo.
Ahora soy meta de espalda con espalda,
escrutando la soledad que me acompaña.
Pero aún te veo en el comienzo
alumbrando, con la serenidad de la ignorancia,
un camino que fue siempre de vuelta.
Mil veces prefiero el hambre de tu sonrisa
que las doradas cimas que culmina el egoísmo
de una humanidad que nunca fue niña.
desde la cima de esta, mi soberbia,
o el fruto del sudor de la pobreza.
Me arrojaste al futuro desolado,
a este lago eterno, de hielo de azul de olvido,
como a un niño desnudo y tembloroso
que ante cerebros de corbatas de fábricas
dudaba de la nada que los adorna.
Sólo infinito páramo de frío, madre,
son las cúpulas que adornan la pirámide.
Quién fuera siempre tu regazo
a la luz de la brasa de ayer,
entre el ayuno de vida que perduraba
hasta la noche que ululaba el viento
que nos rodeaba del universo ajeno.
Quién fuera tumba entre las gritos del tiempo.
Ahora soy meta de espalda con espalda,
escrutando la soledad que me acompaña.
Pero aún te veo en el comienzo
alumbrando, con la serenidad de la ignorancia,
un camino que fue siempre de vuelta.
Mil veces prefiero el hambre de tu sonrisa
que las doradas cimas que culmina el egoísmo
de una humanidad que nunca fue niña.