PREMONICIÓN DEL NAUFRAGIO
(Oh, viejo puerto de Lisboa.)
Coordinados los corceles y las sombras
caen sobre las voluptuosas avenidas de los puertos;
parecen pastar sobre las manos curtidas
de los remolcadores en paro. Es otoño.
Aunque desde los faros ociosos se advierte la negligencia
y se permite abordar en los cargueros del opio
a los trovadores errabundos de los “cais” (1)
a cambio tan sólo de sus viejas canciones irreverentes.
Por eso, en la frugal bonanza que se anuncia
-recordemos que es otoño y llueve todavía-
las estibas de paquetes aromosos de rosas y jazmines
no se hace con el debido cuidado.
Se inicia el cantoral obsceno cuando los puentes son izados
y quedan los puertos callados por respeto a los ausentes.
Se abre el mar hacia infinitos verdinegros, humillando a las farolas
y las gaviotas y los alcaravanes terrícolas se arrullan en armonía.
Es todavía la paz de los cementerios
y los sirgadores cubren con toldos los misterios de la huída.
Oh, pobre marinería; oh, pobres amantes nocturnos,
Oh, las canciones ignoradas que yacen sobre las jarcias plegadas.
La mujer del pescador canta con fados las tristes ausencias,
mientras el mar, siempre el mar, ondula sus cabellos y sus querencias.
Un quejido o un rugido nace de los lejanos pecios
La muerte no ha cerrado todavía esas voces que evocan llantos.
Desde la tierra apacible ruedan truenos de murallas derrumbadas
que llegan a la mar en calma, despertando sus entrañas.
Otras voces nacidas en esófagos ardientes
se unen al coro desvalido de graznidos de gaviotas y aleteo de alcaravanes,
al coro inusitado de los trovadores antiguos y los puentes que se alzan,
al agrio rechinar de las bielas y oxidados cabrestantes,
ese coro premonitorio del naufragio y del martirio
del barco que va a zarpar, cargado con aromas de rosas y de jazmines.
(1) En portugués, muelle de carga
(Oh, viejo puerto de Lisboa.)
Coordinados los corceles y las sombras
caen sobre las voluptuosas avenidas de los puertos;
parecen pastar sobre las manos curtidas
de los remolcadores en paro. Es otoño.
Aunque desde los faros ociosos se advierte la negligencia
y se permite abordar en los cargueros del opio
a los trovadores errabundos de los “cais” (1)
a cambio tan sólo de sus viejas canciones irreverentes.
Por eso, en la frugal bonanza que se anuncia
-recordemos que es otoño y llueve todavía-
las estibas de paquetes aromosos de rosas y jazmines
no se hace con el debido cuidado.
Se inicia el cantoral obsceno cuando los puentes son izados
y quedan los puertos callados por respeto a los ausentes.
Se abre el mar hacia infinitos verdinegros, humillando a las farolas
y las gaviotas y los alcaravanes terrícolas se arrullan en armonía.
Es todavía la paz de los cementerios
y los sirgadores cubren con toldos los misterios de la huída.
Oh, pobre marinería; oh, pobres amantes nocturnos,
Oh, las canciones ignoradas que yacen sobre las jarcias plegadas.
La mujer del pescador canta con fados las tristes ausencias,
mientras el mar, siempre el mar, ondula sus cabellos y sus querencias.
Un quejido o un rugido nace de los lejanos pecios
La muerte no ha cerrado todavía esas voces que evocan llantos.
Desde la tierra apacible ruedan truenos de murallas derrumbadas
que llegan a la mar en calma, despertando sus entrañas.
Otras voces nacidas en esófagos ardientes
se unen al coro desvalido de graznidos de gaviotas y aleteo de alcaravanes,
al coro inusitado de los trovadores antiguos y los puentes que se alzan,
al agrio rechinar de las bielas y oxidados cabrestantes,
ese coro premonitorio del naufragio y del martirio
del barco que va a zarpar, cargado con aromas de rosas y de jazmines.
(1) En portugués, muelle de carga