Noah
Poeta asiduo al portal
Ha muerto el río.
Observando el estuario
todos son mares.
Observando el estuario
todos son mares.
Camino absorto por un bosque lúgubre. Rodeado de inmensos árboles y frondosa vegetación tengo la sensación de que la noche se ha adelantado varias horas. Atrás quedó el mirador y las vistas de una playa en formación, mezcla de arena con agua dulce y salada. El paraje por el que ahora transito es fantasmagórico.
Cierro los ojos.
El aire huele a lluvia,
las ramas crujen.
El aire huele a lluvia,
las ramas crujen.
Cada paso que doy parece acercarme aún más a ninguna parte. Percibo seres sin rostro que me rodean y se mueven al ritmo que yo les marco. Ocultos. Tiemblo.
Hojas marchitas
delatan las pisadas.
Ojos de zorro.
delatan las pisadas.
Ojos de zorro.
Acelero el ritmo. El paseo se vuelve carrera. He de encontrar la salida. Regreso sobre mis huellas y el sonido de las olas va cobrando fuerza. Sólo la presencia del no invitado que se mantiene en las sombras es más inquietante que la propia soledad. Por fin veo luz al fondo del sendero.
Fin del camino.
Se agotan los árboles,
nace la luz.
Se agotan los árboles,
nace la luz.
Regreso al punto de partida. Respiro profundamente. La tarde va cayendo y me siento sobre los restos de lo que un día fue un gigantesco árbol, vencido hace años por el tiempo. Solo. Miro absorto la entrada del bosque. Creo que ahora sí ha llegado el momento. Ya no tengo miedo. Me pongo de pie y avanzo lentamente a reescribir la historia. He de hacerlo. No hay vuelta atrás. Nadie espera mi regreso. Me aguarda un nuevo hogar.
Tumba de musgo.
Húmeda cavidad
y... silencio.
Húmeda cavidad
y... silencio.
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