Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cayeron alas de la noche
sobre campos de margaritas frescas,
no fueron necesarios pétalos deshojados
para saber
que las puertas que se abren
nunca se cierran,
hubo momentos de incertidumbre,
ruedas del corazón
en los pasillos insuficientemente iluminados,
en la grandes avenidas
de cosméticos, tabacos, revistas
y cafés calientes de la mañana,
la sonrisa en varias ocasiones
quedose congelada
cuando creyó ver la luz
y era sólo ilusión de los espejos.
El pulso de los amantes
acelerado
era un traqueteo constante
de bicicleta
en la calzada de adoquines,
un zumbido
alegre de abejas revueltas
a su llegada a la colmena.
La derrota sin embargo,
parecía no alejarse por completo
anhelando su victoria
escondida en los rincones de la garganta,
en pellejos de piel
al lado de las uñas,
en aquellos guantes desechados
en la mesilla de noche.
Se cruzaron infinidad de barreras
que hincaban sus rodillas a nuestro paso;
ante el amor,
el metal más duro baja sus espadas
se vuelve dúctil como el barro
bajo la presión de los dedos.
Cayeron alas de la noche
sobre campos de margaritas frescas.
El peso de tu maleta ligera
como liviano el desplazarse
de tu mano en mi espalda.
El miedo del agua detenido
vertió su corriente
como un racimo de uvas en mis manos,
yo te ofrecí mi sed y tú la tomaste
simplemente eso,
entre tus labios.
Cuando nos besamos,
se apagaron los paneles de salida
de todos los vuelos
y se abrió esa puerta, ahora de entrada
que ya no volverá, a ser de salida.