Solaribus
Poeta veterano en el portal
Una flor azul seca entre lienzos grises,
asombroso recuerdo del corazón conmovido,
con vestigios de verde adolescente
y traspasada de añil como una
melodía de lágrima y olvido,
como un gorjeo nocturno de ave trasnochada,
o la sombra, inmune, que cobijó la espera,
o la tristeza inventando lluvias a este mayo,
tal vez las luces blancas, somnolientas y perdidas,
de este espacio de nubes apretado,
o quizás, la soledad de ambos,
te trajeron hasta mí,
en un te amo de cobre cristalino,
marino eco de lo jamás pronunciado.
En una argamasa de recuerdos infantiles, disuelta,
acobardada de miedos,
valiente de atisbos,
y brillando meridiana de impaciencia.
Perdida de matices y texturas,
encontrada de piel y de ganas,
sabiéndote a ti misma
en cardinal vuelo espiralado,
como una flecha que, infinita,
se clava en el vórtice corinto
de la sangre del alma,
así volviste hasta mi cielo una mañana.
Con un rocío de otoño que entiende
de musas doloridas y cansadas,
con el pesar de la luz ausente,
con la canción del amor en la espalda.
Con un rumor de mar en los sentidos,
y la angustia clamando en la ventana,
y un sabor de sales en los labios,
quizás de lágrimas aún no diamantadas.
Desmayaste la rosa de tu cuerpo
en mis ojos de azimut desvencijado.
Sobre mi pecho, violentas, liberaste
las fallecidas palomas de esperanza
y en ademán de ninfa,
desnuda y transparente,
de tu perfume, les infundiste vida,
color, vuelo, ansias
y hasta amparo del sol les ofreciste
en una magia de fémina ternura blanca.
Pequeña mariposa libadora,
lucecita del campo cuando cae la tarde,
entreabriste los pétalos de este sol entristecido
y no dejaste de besarme,
de tenerme,
ni abrazarme,
como al desierto abrazan las arenas,
como el viento a las hojas de los árboles,
como al mar enrollan las mareas,
y pegado a tu piel fui los desiertos
fui las hojas
y de ese mar imprudente de reencuentro,
de tu agua torbellina, yo fui el jaspe.
Habiendo amado, adolescentes,
la misma estrella
de eterno cobalto,
rojizo amor que oxigenado de suspiros
azulaba la esperanza y los veranos,
jamás juntamos hasta hoy los dactilares sueños,
las miradas ni los labios.
Sólo en hurtos de ternura desmayados
las miradas furtivas, desviadas,
el roce explorador de aquellas jóvenes manos
que ya no son las nuestras,
que han sucumbido, adultas, al paso de los años.
Pretérito preámbulo de pasión contenida,
historia de amor jamás contada,
dulce calor de viento en primavera,
que anuncia, mensajera, la tormenta,
así fue que llegaste una mañana hasta mi puerta
como un destino que ya no puede esquivarse,
como cien mil mariposas regresando a casa.
A beber de mi piel antigua y nueva,
a reir, niña de nuevo, como antes,
a estrenar una canción que es tuya desde el cielo,
a conocer el secreto de mi pasión inagotable,
a sorprenderte de besos que no acaban,
¡como si acabar pudiera yo, eterno, de adorarte!
Como una niña que conoce de memoria,
al salir de la escuela, su camino a casa,
sin conocer mis caricias, me tomaste
paciente de tibieza los cabellos
y me amaste