Lord Vélfragor
Poeta adicto al portal
Amurallada en eternos hielos,
arrullada por el canto de los copos,
con el frío silente,
con luna pálida yaces,
Princesa de los vientos del norte,
con mirada perdida,
entre lágrimas congeladas,
corazón ardiente de susurros,
que guardan las distantes eras,
Testigo de la muerte,
dulce compañera de tu andar,
templando en el hielo tu palabra,
guardando eternamente tú saber,
Con la sombra oculta,
bajo los místicos rayos plateados,
del firmamento agonizante,
¡Escucha mi llamado!
¡Con báculo de serpiente!
Anillos apretados,
sobre la soga del silencio,
que griten tus deseos,
que inmolen su destierro,
¡Que aquí se guarda todo!
escrito con tinta carmesí,
que no espera nunca ser leída,
al menos... no por sacras tentaciones,
que inflamen al poseso,
¿Quién no ansia tu abrazo?
¡Pétrea mujer, hermosa dama!
con jadeos ahogados,
por el deceso tranquilo,
y la lluvia blanca...
¡Duerme ahora entre los gritos!
¡Que ya no despertarán tu lástima!
solo la condena de tu toque,
solo... la angustia del pasado...
¡Mira tu descaro!
¡Ahórrame la agonía!
¡Entierra tu mano en mi pecho!
¡Y descansa de una vez por todas, tu aliento!
¡Princesa blanca!
¡Princesa eterna!
¡Dama de invierno!
¡Mi musa inusitada!
por tanto esperada...
Duerme ahora el sueño,
que el mañana no vendrá,
al menos no para nosotros,
y así he de olvidarte...
Enterrando por siempre el secreto,
de haberme reflejado en tus ojos,
y la cuerda del violín,
remate mi sangrar...
Estatuas de hielo,
Estatuas perfectas,
de sentimientos dejados,
en aras de una salida fácil,
¡Declama mis palabras!
entre sórdidas melodías,
que ya quedan inscritas en la arena,
con el saludo debido...
A tu majestad helada...
¡Mírame... olvídame!
¡Princesa blanca!
¡Princesa mía!
L.V.
arrullada por el canto de los copos,
con el frío silente,
con luna pálida yaces,
Princesa de los vientos del norte,
con mirada perdida,
entre lágrimas congeladas,
corazón ardiente de susurros,
que guardan las distantes eras,
Testigo de la muerte,
dulce compañera de tu andar,
templando en el hielo tu palabra,
guardando eternamente tú saber,
Con la sombra oculta,
bajo los místicos rayos plateados,
del firmamento agonizante,
¡Escucha mi llamado!
¡Con báculo de serpiente!
Anillos apretados,
sobre la soga del silencio,
que griten tus deseos,
que inmolen su destierro,
¡Que aquí se guarda todo!
escrito con tinta carmesí,
que no espera nunca ser leída,
al menos... no por sacras tentaciones,
que inflamen al poseso,
¿Quién no ansia tu abrazo?
¡Pétrea mujer, hermosa dama!
con jadeos ahogados,
por el deceso tranquilo,
y la lluvia blanca...
¡Duerme ahora entre los gritos!
¡Que ya no despertarán tu lástima!
solo la condena de tu toque,
solo... la angustia del pasado...
¡Mira tu descaro!
¡Ahórrame la agonía!
¡Entierra tu mano en mi pecho!
¡Y descansa de una vez por todas, tu aliento!
¡Princesa blanca!
¡Princesa eterna!
¡Dama de invierno!
¡Mi musa inusitada!
por tanto esperada...
Duerme ahora el sueño,
que el mañana no vendrá,
al menos no para nosotros,
y así he de olvidarte...
Enterrando por siempre el secreto,
de haberme reflejado en tus ojos,
y la cuerda del violín,
remate mi sangrar...
Estatuas de hielo,
Estatuas perfectas,
de sentimientos dejados,
en aras de una salida fácil,
¡Declama mis palabras!
entre sórdidas melodías,
que ya quedan inscritas en la arena,
con el saludo debido...
A tu majestad helada...
¡Mírame... olvídame!
¡Princesa blanca!
¡Princesa mía!
L.V.