Daniela Albasini
Poeta asiduo al portal
Prisionero del alma muda,
cautivo del cuerpo cansado,
atrapado en el tiempo ausente,
preso del pasado,
comprometido el presente
y un futuro incierto, en duda.
Prisionero del cuerpo en el tiempo,
oscuro privilegio,
desdeñosa intriga,
duradera la carne cetrina,
envejeciendo tranquila,
parsimoniosamente.
Son cien años primeros,
cien más recontados,
otros cien dudosos,
cien más regalados.
El viajero transita pardo
por grisáceas tierras vagando,
recorriendo los istmos del destino,
en busca de una muerte en el camino.
Tal vez la maldición que sobre él pende
fue el fruto de un brote de orgullo,
de una rebelión contra el cielo,
de un desacato, deslealtad y olvido.
Tal vez su desamor hacia los hombres
requirió de más tiempo de existencia,
degustar amargos sinsabores,
apreciar las virtudes y valores.
Puede que en un tiempo ya lejano
su mirada desafiante a Dios retara,
más hoy de aquél orgullo nada queda,
sólo queda un alma prisionera.
Por abismos oscuros y simas profundas,
el anciano prisionero con su cuerpo pena,
deseando anhelante una muerte dulce,
dulce muerte que con los años no llega.
A una Iglesia blanca el anciano arriba,
blanco destello de luz amarilla,
dorada imagen que dolor destila,
y entregó su alma con una sonrisa.
cautivo del cuerpo cansado,
atrapado en el tiempo ausente,
preso del pasado,
comprometido el presente
y un futuro incierto, en duda.
Prisionero del cuerpo en el tiempo,
oscuro privilegio,
desdeñosa intriga,
duradera la carne cetrina,
envejeciendo tranquila,
parsimoniosamente.
Son cien años primeros,
cien más recontados,
otros cien dudosos,
cien más regalados.
El viajero transita pardo
por grisáceas tierras vagando,
recorriendo los istmos del destino,
en busca de una muerte en el camino.
Tal vez la maldición que sobre él pende
fue el fruto de un brote de orgullo,
de una rebelión contra el cielo,
de un desacato, deslealtad y olvido.
Tal vez su desamor hacia los hombres
requirió de más tiempo de existencia,
degustar amargos sinsabores,
apreciar las virtudes y valores.
Puede que en un tiempo ya lejano
su mirada desafiante a Dios retara,
más hoy de aquél orgullo nada queda,
sólo queda un alma prisionera.
Por abismos oscuros y simas profundas,
el anciano prisionero con su cuerpo pena,
deseando anhelante una muerte dulce,
dulce muerte que con los años no llega.
A una Iglesia blanca el anciano arriba,
blanco destello de luz amarilla,
dorada imagen que dolor destila,
y entregó su alma con una sonrisa.
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