Halloran
Poeta asiduo al portal
PROMETE QUE ANOCHECERÉ CONTIGO
Amanecía el sol en tu mirada
y, lentamente, te me aparecías
radiante a la luz de la alborada.
Te descubrí como recién llegada
aunque ya varias horas compartías
conmigo a tu lado en la almohada.
Un beso suave y tierno
hirió leve tus labios entornados
mientras el frío invierno
quedaba tras cristales empañados.
Y nos nació otro beso
y no supimos luchar contra eso.
Como el ciervo bebe en la fresca fuente
con el ansia de la necesidad,
así yo, con casi el sentido ausente,
tendí hacia ti, hecho abrazo, un puente
mientras rogaba que, por caridad,
mi amor no fuera al tuyo indiferente.
Besé otra vez, probando
la dulzura a la que saben tus besos.
Besé casi llorando
el amor de tu boca y sus accesos...
Las lágrimas saladas
dieron alas a las mieles soñadas.
Te dejaste besar el alma toda
antes de la entrega del cuerpo entero
con besos hechos versos de rapsoda.
Canté a tu amor y le añadí una coda
postrado ante ese altar que yo venero,
previa a consumar nuestra carnal boda.
Y en aquel canto mío
el verso hecho canción te desnudaba.
No te importaba el frío:
tan sólo mi desnudez te importaba.
A tu lado, desnudo,
nos unimos en un cálido nudo.
La vida que latía en tu pecho
besé yo a través de la blancura
que fuiste tú, sobre el lecho deshecho.
Supe que no tenía más derecho
que el que me distéis tú y mi locura:
mi compañera y mi único pertrecho.
Y tú, calor de fuego,
que abrasabas sin piedad mi torpeza,
sin dejar para luego
ni una simple simiente de tristeza,
bebiste sin recato
mi placer, mi pulsión y mi arrebato.
Tras el amor, ya las fuerzas perdidas,
el descanso de escuchar los latidos
y curar las indoloras heridas.
El mundo, con sus idas y venidas,
ajeno fue a gritos y gemidos,
ajeno a las horas compartidas.
La mañana que vino
nos trajo nuevas preocupaciones:
son cosas del destino,
llevarse del beso las ocasiones.
Amaneces conmigo...
¡promete que anocheceré contigo!
Amanecía el sol en tu mirada
y, lentamente, te me aparecías
radiante a la luz de la alborada.
Te descubrí como recién llegada
aunque ya varias horas compartías
conmigo a tu lado en la almohada.
Un beso suave y tierno
hirió leve tus labios entornados
mientras el frío invierno
quedaba tras cristales empañados.
Y nos nació otro beso
y no supimos luchar contra eso.
Como el ciervo bebe en la fresca fuente
con el ansia de la necesidad,
así yo, con casi el sentido ausente,
tendí hacia ti, hecho abrazo, un puente
mientras rogaba que, por caridad,
mi amor no fuera al tuyo indiferente.
Besé otra vez, probando
la dulzura a la que saben tus besos.
Besé casi llorando
el amor de tu boca y sus accesos...
Las lágrimas saladas
dieron alas a las mieles soñadas.
Te dejaste besar el alma toda
antes de la entrega del cuerpo entero
con besos hechos versos de rapsoda.
Canté a tu amor y le añadí una coda
postrado ante ese altar que yo venero,
previa a consumar nuestra carnal boda.
Y en aquel canto mío
el verso hecho canción te desnudaba.
No te importaba el frío:
tan sólo mi desnudez te importaba.
A tu lado, desnudo,
nos unimos en un cálido nudo.
La vida que latía en tu pecho
besé yo a través de la blancura
que fuiste tú, sobre el lecho deshecho.
Supe que no tenía más derecho
que el que me distéis tú y mi locura:
mi compañera y mi único pertrecho.
Y tú, calor de fuego,
que abrasabas sin piedad mi torpeza,
sin dejar para luego
ni una simple simiente de tristeza,
bebiste sin recato
mi placer, mi pulsión y mi arrebato.
Tras el amor, ya las fuerzas perdidas,
el descanso de escuchar los latidos
y curar las indoloras heridas.
El mundo, con sus idas y venidas,
ajeno fue a gritos y gemidos,
ajeno a las horas compartidas.
La mañana que vino
nos trajo nuevas preocupaciones:
son cosas del destino,
llevarse del beso las ocasiones.
Amaneces conmigo...
¡promete que anocheceré contigo!