Angel Acosta
Poeta recién llegado
A principios de junio, Segovia viste el gris de un cielo jaspeado por rápidas nubes. Y esta tarde abrazo su sonrisa. ¡Pero ay de mí! En los ojos de esa mujer la vida no es una verdad equivocada. Me mira como si llevara por dentro un racimo de mis soledades. Entonces escudriño su blanca falda. Apasionada. Tremenda. El mejor modo de vengarme del pasado siempre será la semilla del presente… profesor, las borrascas pasan, carialegre me dice y su mano se abre simpático carmen para tertulia. Un manojo de oloroso Valsaín. Pero no me aferro a su blusa. Basta una partícula de miedo para asustar la empatía. Me quedo con lo tremendo del ¿por qué no te había visto antes? Y pienso (hasta las desgracias tienen esperanzas) Esta tarde un delicado perfume de sóloella me cubre con geranios, mirra, jazmín y entonces; dentro del nosotros, brota piel nueva y las concesiones se debilitan y entusiasman sueños. Fue un junio y en Segovia donde nos encontramos. Recuerdo que un cielo vestido de gris atormentado y aquella tarde estaba en el vaivén de enseñar, pero ella se marchó. Nuestro encuentro fue breve. Y yo me quedé con el gozo de probar su gozo. La vi alejarse hasta hacerse sombra, hasta que se me perdió como el espacio que disipa (en Sierra Guadarrama) las estrellas del amanecer. Esa tarde de junio apenas escudriñé sus palabras, mansas en desenfrenado pulmón de versos. Hoy juro por Nuestra Señora de la Fuencisla que; esa tarde, en Segovia… yo no lo sabía. Pero desde que una Guiomar y el amor se hacen cómplices, empiezan desasosiegos.