Solsticio de primavera
Poeta fiel al portal
Quatziticoco Pacharatalta, el heraldo de la Posguerra
Los tiempos de post guerra presumían con enloquecer nuevamente, luego del óbito del Buen Rey, su hermano cual Caín se proponía hacerse con sus dominios. De un mensajero dependía el futuro de Percépolis, de un mensajero y de la carta póstuma escrita por su rey. Un dulce poema era narrado entre sus líneas, predicaba universos de paz, irrisorias parábolas con las que posiblemente su hermano, el Mal Rey, limpiaría sus heces. A pesar de todo, y contra todo pronóstico adverso, Quatziticoco Pacharatalta, emprendió el viaje hacia la abadía del mórbido Rey. Abandono su casa situada en las periferias de la lozana selva de Anhedonia, provincia amada en Percepolis principalmente por ser la mayor productora de algodón, plumas de cisne y almohadas. Él sabía que aunque su vida correría grave peligro en los paramos del Mal Rey tendría que amarlos por igual, su propósito debía ser cumplido, sabia, casi con exactitud, que actuando como un hombre enamorado terminaría por ser como tal. La paz no era una elección, era simplemente su visión, y tan hermosa era esta, que el solo regocijo de ir en su búsqueda lo enorgullecía aunque nunca la llegara a abrazar, pero eso ya no le importaba, su alma siempre le seria fiel
Quatziticoco Pacharatalta, el emisario de la beldad ..
El heraldo avanzaba parsimoniosamente por el sendero real
pero la tristeza ya no le importaba
el castillo del Mal Rey lo espera a sus anchas y sus pies
rogaban por emblanquecer
El camino se tornaba realmente tortuoso
a lo largo y a lo ancho de sus praderas segadoras labraban la tierra
con sus manos encarnadas y sus cabellos como briznas de oro
ellas sin duda profetizaban
esparciéndose a la obra de sus labores se asemejaban a sangrientas Oriflamas
La guerra ya era una inminencia
la flama orbicular allá en lo alto
reverberaba sobre la sien del emisario,
y mientras a todo un mundo yo forjaba
mi mente continuamente se indagaba
¿Podrá el mensaje salvar a ambos pueblos de ser destrozados?
¿Acaso el heraldo llegara a destino
con su escudo jironado por ochos péndolas
y la grafía heresiarca?
¿Podrá amar a su enemigo como así ama a sus amigos?
¡El oblongo sendero es tan pálido!
se lamentaba el enviado
como un lívido final solo postergado por el ímpetu del emisario
Tras los brezos se abría la abadía de Dionisio
y a su majestad, el abad, se le acaba la paciencia
El mensajero proseguía el camino
sabía que de sus manos dependía las vidas y las muertes
del Ingrato
Ursulinas imaginarias lo ayudaban en sus hazañas, como en los tiempos de chasqui
le besaban los parpados al dormir
lo abrazaban con sus piernas si lo encontraba la tempestad
Nos guían y nos curan
Taciturno, ya llegando al castillo sus pies se encontraron que al corrugado lo habían pavimentado
las colinas se iban poblando de humeantes haciendas
lentamente, luego voraz
A medida que la urbe iba enloqueciendo
las Oriflamas con ella
ya nada quedaba del verde ni de los ángeles cobijando
Las personas no merecen la paz
Entrando la noche el castillo el puente el agua y los vigías
le dieron la bienvenida al Mesías
-Has llegado Trono sereno
el que os habla es el Mal Rey
-Ven, acércate zarrapastroso a mis pies
El heraldo luego de tenderle suavemente el mensaje entre las manos
prosternose mansamente ante sus pies
y ante la insistencia de la eminencia
le succiono el falo hasta hacérselo desvanecer
*En la guerra como en el amor
para acabar es necesario verse de cerca, pensó
el virus de la inmunodeficiencia había herbolado al heraldo tiempo atrás
y hete aquí que su sangre ya serpiente
durante el coito y la succión por la lumbrera al Mal Rey lo inoculo
La guerra había trastocado hacia la muerte serena
el destino era de los otros, ya nada podían hacer
pero la tristeza ya no le importaba
el castillo del Mal Rey lo espera a sus anchas y sus pies
rogaban por emblanquecer
El camino se tornaba realmente tortuoso
a lo largo y a lo ancho de sus praderas segadoras labraban la tierra
con sus manos encarnadas y sus cabellos como briznas de oro
ellas sin duda profetizaban
esparciéndose a la obra de sus labores se asemejaban a sangrientas Oriflamas
La guerra ya era una inminencia
la flama orbicular allá en lo alto
reverberaba sobre la sien del emisario,
y mientras a todo un mundo yo forjaba
mi mente continuamente se indagaba
¿Podrá el mensaje salvar a ambos pueblos de ser destrozados?
¿Acaso el heraldo llegara a destino
con su escudo jironado por ochos péndolas
y la grafía heresiarca?
¿Podrá amar a su enemigo como así ama a sus amigos?
¡El oblongo sendero es tan pálido!
se lamentaba el enviado
como un lívido final solo postergado por el ímpetu del emisario
Tras los brezos se abría la abadía de Dionisio
y a su majestad, el abad, se le acaba la paciencia
El mensajero proseguía el camino
sabía que de sus manos dependía las vidas y las muertes
del Ingrato
Ursulinas imaginarias lo ayudaban en sus hazañas, como en los tiempos de chasqui
le besaban los parpados al dormir
lo abrazaban con sus piernas si lo encontraba la tempestad
Nos guían y nos curan
Taciturno, ya llegando al castillo sus pies se encontraron que al corrugado lo habían pavimentado
las colinas se iban poblando de humeantes haciendas
lentamente, luego voraz
A medida que la urbe iba enloqueciendo
las Oriflamas con ella
ya nada quedaba del verde ni de los ángeles cobijando
Las personas no merecen la paz
Entrando la noche el castillo el puente el agua y los vigías
le dieron la bienvenida al Mesías
-Has llegado Trono sereno
el que os habla es el Mal Rey
-Ven, acércate zarrapastroso a mis pies
El heraldo luego de tenderle suavemente el mensaje entre las manos
prosternose mansamente ante sus pies
y ante la insistencia de la eminencia
le succiono el falo hasta hacérselo desvanecer
*En la guerra como en el amor
para acabar es necesario verse de cerca, pensó
el virus de la inmunodeficiencia había herbolado al heraldo tiempo atrás
y hete aquí que su sangre ya serpiente
durante el coito y la succión por la lumbrera al Mal Rey lo inoculo
La guerra había trastocado hacia la muerte serena
el destino era de los otros, ya nada podían hacer
Esa noche antes de acostarse, y luego de haberse despedido, los dos tuvieron la extraña sensación que algo muy dentro de ellos se había roto, quizás era el cielo, quizás eran sus sueños, quizás era la impresión de la muerte pululando entre su venas, o la certeza que el tiempo concluía y solo lo habían malgastado viviendo de sueños y utopías, a veces, una caricia vale mucho mas que estos dos pero eso no alcanza, aunque lo quieras, nunca alcanza.
*En la guerra como en el amor para acabar es necesario verse de cerca, Napoleón