elbosco
Poeta fiel al portal
Tengo un amigo que era ciclista... competía en la categoría de mountain bike, y siempre lograba buenas posiciones. Cómo todo ciclista de raza, se la pasaba entrenando o realizando sus quehaceres y diligencias cotidianas en bicicleta, siempre con su atuendo característico: calzas y remera de lycra, chaleco, zapatillas con broches de sujeción, casco, guantes y anteojos.
Un día, pasé con mi auto por la puerta de su casa y revisé los alrededores con la mirada para ver si lo encontraba, pero no lo vi. Seguí mi camino y dos cuadras después giré a la derecha y entonces sí, a media cuadra vi su inconfundible figura: delgado, alto, desgarbado sobre su bicicleta, forrado con su apretado atuendo de lycra.
Me acerqué con el auto hasta ponerme a la par de él, y sacando la mano por la ventanilla le estrujé el culo masajeándolo rítmicamente mientras le decía con voz amanerada: "¡Qué culito campeón!"
Mi amigo me miró con sorpresa, pero mi sorpresa fue aún mayor cuando vi que mi amigo... ¡No era mi amigo!
El tipo se quedó mirándome como esperando una explicación... yo, anodadado, solo atiné a pisar el acelerador a fondo y escapar del escenario del crimen... Me alejaba mirando por el espejo retrovisor, viéndolo como furioso vociferaba incomprensibles palabras y aceleraba el ritmo de su pedaleo. Lo vi agitar su brazo con el puño en alto y alcancé a escuchar: "¡Puto de mierda! ¡Puto! ¡Puto! ¡Te voy a cagar a trompadas!".
Me alejé sin volver a mirar atrás, sintiendo el más indescriptible de los alivios.
Al día de hoy, el vejado ciclista debe contar la anécdota como una de las cosas más inverosímiles que le pasaron en el mundo de las dos ruedas.... ¡y yo también!
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Fernando M. Sassone
www.finisafricae.com.ar
Un día, pasé con mi auto por la puerta de su casa y revisé los alrededores con la mirada para ver si lo encontraba, pero no lo vi. Seguí mi camino y dos cuadras después giré a la derecha y entonces sí, a media cuadra vi su inconfundible figura: delgado, alto, desgarbado sobre su bicicleta, forrado con su apretado atuendo de lycra.
Me acerqué con el auto hasta ponerme a la par de él, y sacando la mano por la ventanilla le estrujé el culo masajeándolo rítmicamente mientras le decía con voz amanerada: "¡Qué culito campeón!"
Mi amigo me miró con sorpresa, pero mi sorpresa fue aún mayor cuando vi que mi amigo... ¡No era mi amigo!
El tipo se quedó mirándome como esperando una explicación... yo, anodadado, solo atiné a pisar el acelerador a fondo y escapar del escenario del crimen... Me alejaba mirando por el espejo retrovisor, viéndolo como furioso vociferaba incomprensibles palabras y aceleraba el ritmo de su pedaleo. Lo vi agitar su brazo con el puño en alto y alcancé a escuchar: "¡Puto de mierda! ¡Puto! ¡Puto! ¡Te voy a cagar a trompadas!".
Me alejé sin volver a mirar atrás, sintiendo el más indescriptible de los alivios.
Al día de hoy, el vejado ciclista debe contar la anécdota como una de las cosas más inverosímiles que le pasaron en el mundo de las dos ruedas.... ¡y yo también!
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Fernando M. Sassone
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