lesmo
Poeta veterano en el portal
¡Apiádate, oh escueta madrugada!,
de aquellos que están ciegos
y sigue, al dulce andar, oscurecida.
Continúe sus juegos
la noche estremecida.
Apiádate, ¡oh corta madrugada,
de aquellos que en la luz no tienen nada!
Que si ahora, al perder tu oscuridad,
se fuera con las luces su verdad,
también se sentirían,
porque no la tendrían,
vacíos de tu calma.
Que el silencio del alma
retrase en un momento tu sed de claridad.
No lleguen todavía
los halos orientales,
que dan comienzo al día
envueltos en mil nubes de cristales.
Y déjales sus sueños,
aun los que parezcan más pequeños,
que anide por sus mentes
lo que no pueden ver.
Y cuando estén dormidas esas gentes
y sean a la luz indiferentes,
entonces, solo entonces…,
¡que empiece a amanecer!
de aquellos que están ciegos
y sigue, al dulce andar, oscurecida.
Continúe sus juegos
la noche estremecida.
Apiádate, ¡oh corta madrugada,
de aquellos que en la luz no tienen nada!
Que si ahora, al perder tu oscuridad,
se fuera con las luces su verdad,
también se sentirían,
porque no la tendrían,
vacíos de tu calma.
Que el silencio del alma
retrase en un momento tu sed de claridad.
No lleguen todavía
los halos orientales,
que dan comienzo al día
envueltos en mil nubes de cristales.
Y déjales sus sueños,
aun los que parezcan más pequeños,
que anide por sus mentes
lo que no pueden ver.
Y cuando estén dormidas esas gentes
y sean a la luz indiferentes,
entonces, solo entonces…,
¡que empiece a amanecer!