elias peñuela
Poeta recién llegado
Son las praderas salvajes de una mujer.
Los huracanes que se desatan en su cintura.
Las frutas frescas con el aroma de sus senos
y el irreprochable gemir en su voz.
Son las veinticuatro horas de un día y las
otras tantas que vendran.
Las primaveras que hay en su boca y los
otoños que llegan tarde.
Son sus muslos del mismo color que el arequipe.
La curva en su espalda con el filo de una daga.
Las gotas que drenan a traves de sus poros y el
apeo de su mirada en mi.
Son los corceles y los labios de la duda.
Las dos cerezas en sus lomas.
Y es que eres tú,
la mujer que invoco
en la noche al son de las cuerdas
frias de una guitarra
sonriente...
Los huracanes que se desatan en su cintura.
Las frutas frescas con el aroma de sus senos
y el irreprochable gemir en su voz.
Son las veinticuatro horas de un día y las
otras tantas que vendran.
Las primaveras que hay en su boca y los
otoños que llegan tarde.
Son sus muslos del mismo color que el arequipe.
La curva en su espalda con el filo de una daga.
Las gotas que drenan a traves de sus poros y el
apeo de su mirada en mi.
Son los corceles y los labios de la duda.
Las dos cerezas en sus lomas.
Y es que eres tú,
la mujer que invoco
en la noche al son de las cuerdas
frias de una guitarra
sonriente...