Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Te desdoblo en calendarios y no alcanzo.
Te pienso en lunes y ya eres domingo con resaca de besos.
¿Qué hago contigo, amor hecho tiempo,
sino habitarte como quien entra descalzo a un poema
y se corta con cada sílaba?
A veces me da por esconderte en las tazas de café,
otras te dejo en la rendija del libro que nunca terminamos.
Hay días en que te lavo con las camisas blancas
y otros en que te dejo secar al sol, junto a mi sombra.
Contigo los relojes se ríen bajito,
porque saben que no sé medir los instantes sin deshacerme.
Porque contigo cada día es una trampa elegante,
una emboscada de risa,
un manifiesto escrito a lápiz en la piel del viento.
¿Qué hago contigo durante estos 365 días?
Te vivo, te duermo, te invento,
te pierdo a propósito para volver a encontrarte
como quien se reencuentra en un andén con su propia infancia.
Te abro, te cierro, te escribo en los bordes de mi insomnio
y luego te leo como quien relee un secreto.
No me enseñes a pasar los días.
Enséñame a quedarme en ellos,
a vivirte sin calendario,
a romper las estaciones con un abrazo
y detener el año en un parpadeo.
Y si un día ya no estás…
que al menos me quede la forma en que decías mi nombre,
como si fuera un país donde querías quedarte.
Te pienso en lunes y ya eres domingo con resaca de besos.
¿Qué hago contigo, amor hecho tiempo,
sino habitarte como quien entra descalzo a un poema
y se corta con cada sílaba?
A veces me da por esconderte en las tazas de café,
otras te dejo en la rendija del libro que nunca terminamos.
Hay días en que te lavo con las camisas blancas
y otros en que te dejo secar al sol, junto a mi sombra.
Contigo los relojes se ríen bajito,
porque saben que no sé medir los instantes sin deshacerme.
Porque contigo cada día es una trampa elegante,
una emboscada de risa,
un manifiesto escrito a lápiz en la piel del viento.
¿Qué hago contigo durante estos 365 días?
Te vivo, te duermo, te invento,
te pierdo a propósito para volver a encontrarte
como quien se reencuentra en un andén con su propia infancia.
Te abro, te cierro, te escribo en los bordes de mi insomnio
y luego te leo como quien relee un secreto.
No me enseñes a pasar los días.
Enséñame a quedarme en ellos,
a vivirte sin calendario,
a romper las estaciones con un abrazo
y detener el año en un parpadeo.
Y si un día ya no estás…
que al menos me quede la forma en que decías mi nombre,
como si fuera un país donde querías quedarte.