Qué pena

Qué pena

La noche negra, sí que estremecía,
la luna, semioculta su melena
no verle en su esplendor, era una pena,
quise brindar con ella, en poesía.

Proseguiré escribiendo en la penumbra
inspirado con luz de las tinieblas,
escribiré momentos en que tiemblas,
cuando tu cuerpo al beso se acostumba.

Tus labios, convertidos en un río,
navegando los dos con rumbo incierto,
yo, dueño de tu cuerpo, y tú, del mío.

De nuestras aventuras el poema,
habla con singular melancolía,
si no quieres leer; por ti, ¡Qué pena!

Ramiro Ponce P.

Un singular y magnífico soneto. Ojalá que ella sí quiera leer, compañero. Un saludo cordial desde aquí.
 

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