Miriam Camelo
Poeta recién llegado
Permíteme amor, vivir allí
en el hogar tibio de tu corazón solitario,
nicho de ternura que abrigará mis huesos
y en la tenue lumbrera que dan tus ojos
me acurruco triste, umbral de tus tonadas.
Llego allí, con los pies desnudos de fortuna
y de todo hilo que urda, cortinas sibilinas
y frente a tu mirada, cardumen de versos huérfanos
con silueta de mujer
y otoños de enero, en los cabellos.
Permíteme amor, que sea mi hogar
esas lindes tan privadas de tu alma,
las que acecho, día a día entre renglones,
altos cercados que imponen tus suspiros
y atrios con hojas cerradas, a las lágrimas.
Escucho muy quedo, notas de guitarra
rasgadas por índices de un espíritu afligido,
sobreviven a borrascas acaecidas en los costados,
caligrafías intangibles y traductoras de las huellas
de sonrisas prístinas y de besos en cascadas.
¡Permíteme amor, que sea mi hogar
la suave oración que baña tus mañanas!
en el hogar tibio de tu corazón solitario,
nicho de ternura que abrigará mis huesos
y en la tenue lumbrera que dan tus ojos
me acurruco triste, umbral de tus tonadas.
Llego allí, con los pies desnudos de fortuna
y de todo hilo que urda, cortinas sibilinas
y frente a tu mirada, cardumen de versos huérfanos
con silueta de mujer
y otoños de enero, en los cabellos.
Permíteme amor, que sea mi hogar
esas lindes tan privadas de tu alma,
las que acecho, día a día entre renglones,
altos cercados que imponen tus suspiros
y atrios con hojas cerradas, a las lágrimas.
Escucho muy quedo, notas de guitarra
rasgadas por índices de un espíritu afligido,
sobreviven a borrascas acaecidas en los costados,
caligrafías intangibles y traductoras de las huellas
de sonrisas prístinas y de besos en cascadas.
¡Permíteme amor, que sea mi hogar
la suave oración que baña tus mañanas!
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