Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Lo que pasa es que te miro,
veo tus cejas, y respondes con quejas,
y me dejas, y me llevas a los olivares de rojo coral, a las medusas repletas de cobras, serpientes, culebras serias y otras que se lo pasan en fiestas,
que no respetan mis siestas, y te ríes, y tus ojos se nublan de rojo,
se espesan,
se encorvan y se almendran, aunque no sé si eso es posible,
y me toman por sorpresa,
y se llevan mi deseo y tus espero beso me deslumbra, me invita y se va,
se despide con susurros de hierro,
con ojos de destierro,
con manos de hierro, como si tu cuerpo no fuera mío,
como si el mío no lo conocieras, como la hiedra,
como las piedras que se remecen cuando corro buscándote,
inclinándote,
mostrándote como tantas veces,
con sangre,
con musgo,
con pelo negruzco,
con ese aullido que tanto te enloquece,
te mece,
te retuerce y te regresa,
espesa tu vientre y reposa en mi mente,
como alarido cortado en dos,
interrumpido como el mismo alarido,
con el suspiro de una cobra envenenada,
que sonríe porque sabe que ha muerto matando,
con sorpresa,
con evidente mudeza y lógica entereza,
con manos,
con las tuyas,
con las mías,
orando esta súplica infernal, cuando otros dan alaridos de furia,
tiempo y sudor,
honor,
temor,
horror,
con cejas, con muecas,
entre rejas,
para que enloquezcas.
veo tus cejas, y respondes con quejas,
y me dejas, y me llevas a los olivares de rojo coral, a las medusas repletas de cobras, serpientes, culebras serias y otras que se lo pasan en fiestas,
que no respetan mis siestas, y te ríes, y tus ojos se nublan de rojo,
se espesan,
se encorvan y se almendran, aunque no sé si eso es posible,
y me toman por sorpresa,
y se llevan mi deseo y tus espero beso me deslumbra, me invita y se va,
se despide con susurros de hierro,
con ojos de destierro,
con manos de hierro, como si tu cuerpo no fuera mío,
como si el mío no lo conocieras, como la hiedra,
como las piedras que se remecen cuando corro buscándote,
inclinándote,
mostrándote como tantas veces,
con sangre,
con musgo,
con pelo negruzco,
con ese aullido que tanto te enloquece,
te mece,
te retuerce y te regresa,
espesa tu vientre y reposa en mi mente,
como alarido cortado en dos,
interrumpido como el mismo alarido,
con el suspiro de una cobra envenenada,
que sonríe porque sabe que ha muerto matando,
con sorpresa,
con evidente mudeza y lógica entereza,
con manos,
con las tuyas,
con las mías,
orando esta súplica infernal, cuando otros dan alaridos de furia,
tiempo y sudor,
honor,
temor,
horror,
con cejas, con muecas,
entre rejas,
para que enloquezcas.