Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Quema el día como si fuese un cigarro mal apagado, una esquina de sol recalentando las dudas que dejaste sobre la cama.
No te busco, me quemo. No te olvido, me ardo.
A veces la memoria se empecina en repetir el incendio:
el roce de tu nombre en mi lengua,
la gota de sudor que no sé si era tuya o mía,
el suspiro compartido que hizo cortocircuito en mi pecho.
Hay silencios que saben a gasolina,
palabras que explotan aunque no se digan,
miradas que chispean como si fueran fósforos suicidas.
No te fuiste: te encendiste.
Y yo, pirómano de lo que fuimos,
sigo recorriendo las ruinas
con el alma tiznada y las manos abiertas,
esperando que llueva ceniza
o que el viento me borre de tu incendio.
Lo peor no es el fuego.
Lo peor es el humo que no se va,
que se instala en la garganta de los días
y me habla con tu voz.
No te busco, me quemo. No te olvido, me ardo.
A veces la memoria se empecina en repetir el incendio:
el roce de tu nombre en mi lengua,
la gota de sudor que no sé si era tuya o mía,
el suspiro compartido que hizo cortocircuito en mi pecho.
Hay silencios que saben a gasolina,
palabras que explotan aunque no se digan,
miradas que chispean como si fueran fósforos suicidas.
No te fuiste: te encendiste.
Y yo, pirómano de lo que fuimos,
sigo recorriendo las ruinas
con el alma tiznada y las manos abiertas,
esperando que llueva ceniza
o que el viento me borre de tu incendio.
Lo peor no es el fuego.
Lo peor es el humo que no se va,
que se instala en la garganta de los días
y me habla con tu voz.