Alex Courant
Poeta adicto al portal
Ah, tersa inexperiencia la que tuvo tu seno.
Tímido, se erigía soñoliento
como el himno que entonan los crepúsculos,
afloraba cual loto en espejos gemelos,
emergía espigado junto al trigo
y remontaba cándido los muros
de cárceles astrales.
Sostenido en tu cuerpo era una flecha,
la espada cardinal desenvainada,
la eficaz bayoneta, una daga de vida,
predispuesta a hender mis labios.
El vino bebedizo destinado
para colmar la copa de mis ojos.
El pistilo y la trampa mortal
en donde sucumbió, bajo un peso titánico,
el ángel trashumante del deseo.
Ah, vana inexperiencia la que tuvo tu seno.
Al no saber mostrarse y al mantenerse oculto
ante el augurio de mis manos,
sólo era un frío templo
en una selva de silencio y piel.
Tímido, se erigía soñoliento
como el himno que entonan los crepúsculos,
afloraba cual loto en espejos gemelos,
emergía espigado junto al trigo
y remontaba cándido los muros
de cárceles astrales.
Sostenido en tu cuerpo era una flecha,
la espada cardinal desenvainada,
la eficaz bayoneta, una daga de vida,
predispuesta a hender mis labios.
El vino bebedizo destinado
para colmar la copa de mis ojos.
El pistilo y la trampa mortal
en donde sucumbió, bajo un peso titánico,
el ángel trashumante del deseo.
Ah, vana inexperiencia la que tuvo tu seno.
Al no saber mostrarse y al mantenerse oculto
ante el augurio de mis manos,
sólo era un frío templo
en una selva de silencio y piel.