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QUIEN ME INSPIRA
Me preguntan a quien escribo tanta rima enamorada,
si solo canto al amor, si ellas serán publicadas,
que quien inspira las cosas que al papel van alocadas,
y quien será la mujer que convoca estas palabras
que parecen atrevidas, de eco fuerte, apasionadas...
Yo solo alcanzo a sonreír. Toda respuesta apurada
seria incompleta, una sombra de la Gran Realidad esquiva
en lo Inconsciente guardada. Casi podría afirmar
que todo poeta es un médium que en forma pasiva, automática,
trascribe lo que le dicta una Fuerza Misteriosa
que habita en el bosque del alma.
El Griego la nombraba el Nous, Freud Libido la llamaba.
Yo creo, como los místicos que es la Vida misma quien canta,
una Fuerza Universal, una Energía Increada
que produce toda creación: la Vida Manifestada.
Constructores medievales en aquel Argot la llamaban
el Gran Arquitecto del Mundo y los hindúes el Gran Atma.
En sueños veo que al oído un Ángel Mujer me habla,
una hermosísima Musa de carne y hueso, bronceada,
de ojos cautivadores de una profunda mirada
que traspasa mi conciencia y desde el Alma misma irradia
y removiendo los éteres vapores de oro levanta
que se plasman en mi mente sugiriéndome palabras.
Incontenibles torrentes de Ideas que son plasmadas...
La voluntad no interviene, la critica esta maniatada,
no alcanzo a elegir los temas, no pulo las oraciones,
la métrica ni la gramática.
Brotan doquier salvajes como en los campos la grana
al susurro imperativo de esa Musa Soberana
cuando en mi oído sediento su creador aliento exhala.
En el Jardín del Edén, sobre un Adán hecho arcilla
sopló Dios diciendo ¡Vive! Y creo la especie humana...
En mi existencia de barro Ella exhala y manda ¡Canta!
Creando cuanto yo escribo en febriles llamaradas
Y a Su Fiat Creador se elevan estrofas apretujadas...
¡Ah, dulce Diosa que inspiras con magia maravillosa
la transformación Alquimica de un barro al Oro del Alma!
Pues no escribo. Solo canto, resueno cual diapasón de plata,
girando en las Sufies danzas que me impone Tu Mirada...
Si tu Presencia Magnifica, si tu luminosa aura,
si tus rayos diamantinos de mi mundo se apartaran,
mi arpa, según dijo Bécquer, cubierta en polvo,
en un rincón quedaría ¡silenciosa y olvidada!
Eduardo Morguenstern
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