jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
nuestro amor no era perfecto
a ella no le gustaba que yo apareciera siempre a nuestras citas
con una cerveza en la mano medio ebrio y con la misma ropa
de la cita de tres días antes
a mí no me gustaban sus piernas flacas y la atroz dependencia emocional
que su madre ejercía sobre ella
ni los aretes estilo hippie trasnochado que usaba
ni el tatuaje con el nombre de su primer amor que tenía
tatuado un par de centímetros arriba de la vagina
y tener que estar viéndoselo cada vez que se la metía
"roberto forever"
y aquellos grititos de guajolote histérico que lanzaba
cada vez que se la metía
a ella no le gustaba que yo le hablara de las ganas de suicidarme
que constantemente asedian mi turbado espíritu
ni los 25 años de edad que nos separan y por tal razón
lo absolutamente imposible que resulta pensar en una vida juntos
a mí me encabronaba no poder verla todos los días porque su madre
le prohibía salir más de dos veces por semana y siempre durante las horas de luz
y el hecho de que la llamara por teléfono cada media hora cuando nos veíamos
para preguntarle qué estaba haciendo y si tenía las bragas puestas
y recomendarle por enésima vez que no creyera nunca nada
de lo que le dijeran los hombres "son todos unos hijos de puta"
a ella no la acababa de convencer mi técnica hindú de ceñirme los huevos
con una banda elástica cuando follábamos y lograr de tal manera
retardar el orgasmo durante horas con la consecuente irritación de su coño
tampoco le gustaba mi propensión a balbucir excusas extraviadas
cuando ella me proponía regularizar nuestra relación por medio de un puto papel
ni el hecho de que cada dos semanas yo me perdiera curiosamente siempre
por el rumbo donde le habían dicho que vivía mi ex mujer
a ella no le gustaba en realidad nada de mí
y a mí sólo me gustaba ella cuando se callaba y no decía nada y apretaba los labios
en los instantes previos al punto donde alcanzaba el orgasmo
y me arañaba la espalda y me atenazaba las piernas con sus piernas
y al final gemía un "te quiero" como a regañadientes
tampoco me gustó la vez aquella en que su madre irrumpió
como una gorgona iracunda y verdosa y flamígera
en el cuarto alquilado donde habíamos apenas terminado de follar
y nos relajábamos desnudos en la cama lanzando volutas de humo hacia el techo
sumidos en la dejadez poscoital del animal satisfecho
y que la gorgona se acercara y la cogiera a ella de los pelos
y se la llevara arrastrando hasta el pasillo fuera del cuarto gritándole
"¡así que venías al starbucks a tomar café con tus amigas!"
y ver sus piernas tan flacas desaparecer del otro lado de la puerta
sus piernas tan flacas a las que yo había terminado ya de acostumbrarme
y que para entonces ya incluso hasta me gustaban
y que desde ese día no he vuelto a ver
y que desde ese día sueño con poder volver a abrazar
tan flacas y tiernas y tan hermosas
con sus pequeñas y delicadas rodillas
y la cicatriz que le había quedado a la altura de un muslo
a raíz de una caída andando en bicicleta a los diez años
nuestro amor era perfecto
a ella no le gustaba que yo apareciera siempre a nuestras citas
con una cerveza en la mano medio ebrio y con la misma ropa
de la cita de tres días antes
a mí no me gustaban sus piernas flacas y la atroz dependencia emocional
que su madre ejercía sobre ella
ni los aretes estilo hippie trasnochado que usaba
ni el tatuaje con el nombre de su primer amor que tenía
tatuado un par de centímetros arriba de la vagina
y tener que estar viéndoselo cada vez que se la metía
"roberto forever"
y aquellos grititos de guajolote histérico que lanzaba
cada vez que se la metía
a ella no le gustaba que yo le hablara de las ganas de suicidarme
que constantemente asedian mi turbado espíritu
ni los 25 años de edad que nos separan y por tal razón
lo absolutamente imposible que resulta pensar en una vida juntos
a mí me encabronaba no poder verla todos los días porque su madre
le prohibía salir más de dos veces por semana y siempre durante las horas de luz
y el hecho de que la llamara por teléfono cada media hora cuando nos veíamos
para preguntarle qué estaba haciendo y si tenía las bragas puestas
y recomendarle por enésima vez que no creyera nunca nada
de lo que le dijeran los hombres "son todos unos hijos de puta"
a ella no la acababa de convencer mi técnica hindú de ceñirme los huevos
con una banda elástica cuando follábamos y lograr de tal manera
retardar el orgasmo durante horas con la consecuente irritación de su coño
tampoco le gustaba mi propensión a balbucir excusas extraviadas
cuando ella me proponía regularizar nuestra relación por medio de un puto papel
ni el hecho de que cada dos semanas yo me perdiera curiosamente siempre
por el rumbo donde le habían dicho que vivía mi ex mujer
a ella no le gustaba en realidad nada de mí
y a mí sólo me gustaba ella cuando se callaba y no decía nada y apretaba los labios
en los instantes previos al punto donde alcanzaba el orgasmo
y me arañaba la espalda y me atenazaba las piernas con sus piernas
y al final gemía un "te quiero" como a regañadientes
tampoco me gustó la vez aquella en que su madre irrumpió
como una gorgona iracunda y verdosa y flamígera
en el cuarto alquilado donde habíamos apenas terminado de follar
y nos relajábamos desnudos en la cama lanzando volutas de humo hacia el techo
sumidos en la dejadez poscoital del animal satisfecho
y que la gorgona se acercara y la cogiera a ella de los pelos
y se la llevara arrastrando hasta el pasillo fuera del cuarto gritándole
"¡así que venías al starbucks a tomar café con tus amigas!"
y ver sus piernas tan flacas desaparecer del otro lado de la puerta
sus piernas tan flacas a las que yo había terminado ya de acostumbrarme
y que para entonces ya incluso hasta me gustaban
y que desde ese día no he vuelto a ver
y que desde ese día sueño con poder volver a abrazar
tan flacas y tiernas y tan hermosas
con sus pequeñas y delicadas rodillas
y la cicatriz que le había quedado a la altura de un muslo
a raíz de una caída andando en bicicleta a los diez años
nuestro amor era perfecto
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