Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En esta habitación donde el eco
de tu risa ha dejado de danzar,
me siento solo,
tan solo como la última hoja de otoño
que aún no se decide a caer.
Quisiera desvanecerme en el aire,
como tu perfume aquella mañana fría,
cuando tus labios, aún cercanos,
prometieron un siempre
que no tardó en desvanecerse.
Aquí, donde cada rincón murmura tu nombre,
donde cada sombra parece tu silueta,
la soledad pesa más que el oscuro universo
sin estrellas, sin luna, sin ti.
Me quiero morir, sí,
pero no de una muerte pequeña y cotidiana,
sino de una muerte grande, vasta como el vacío
que dejaste en mi pecho,
una muerte llena de ti, de tu ausencia.
Los días son eternidades amargas,
y las noches, infinitos abismos
donde mi alma, perdida,
busca un destello de tu amor
para no extinguirse.
Amor, presta tus alas a mi dolor,
eleva con tu aliento esta angustia,
para que pueda, al fin, entender
por qué aún en este desgarrador querer morir,
es tu vida la que clama dentro de mí.
de tu risa ha dejado de danzar,
me siento solo,
tan solo como la última hoja de otoño
que aún no se decide a caer.
Quisiera desvanecerme en el aire,
como tu perfume aquella mañana fría,
cuando tus labios, aún cercanos,
prometieron un siempre
que no tardó en desvanecerse.
Aquí, donde cada rincón murmura tu nombre,
donde cada sombra parece tu silueta,
la soledad pesa más que el oscuro universo
sin estrellas, sin luna, sin ti.
Me quiero morir, sí,
pero no de una muerte pequeña y cotidiana,
sino de una muerte grande, vasta como el vacío
que dejaste en mi pecho,
una muerte llena de ti, de tu ausencia.
Los días son eternidades amargas,
y las noches, infinitos abismos
donde mi alma, perdida,
busca un destello de tu amor
para no extinguirse.
Amor, presta tus alas a mi dolor,
eleva con tu aliento esta angustia,
para que pueda, al fin, entender
por qué aún en este desgarrador querer morir,
es tu vida la que clama dentro de mí.