Von Lioncourt
Poeta recién llegado
Te besé los labios, que no me negaste y devolviste las caricias dadas;
besé tus labios, terso e inmaculado roce de mi boca en tu boca,
frágil te sentí, sin poder evitarlo, mi inminente entrega a tí,
fue un instante lleno de piedad y vanidad para mi amor.
Me tomaste entre tus brazos cual cristal cortado,
me miraste traspasando a mis ojos, más allá de mi cuerpo;
sostuve un segundo el respiro a mis pulmones
y escuche la interrogante que en susurro articulaste.
Y respondí, sin desvarío alguno, que sí, así sería,
sin importar lo que el designio de la vida a mí formulara,
sin reproches, ausentando al desamparo de los recuerdos,
viviendo sin descanso, amándote sin menguar amor de día.
Te seguiría vida mía, a donde sea que fueras, yo iría,
como hasta hoy no me he cansado de buscar;
indagándome sin cesar de dónde andarás,
de si me recordarás, de si con alguien más estarás...
Ya después no respondiste, ni me miraste, ni en tus brazos me sostuviste,
ya después en un corto parapadeo te me desvaneciste;
advertí entonces que mi alucinación mermaba,
vislumbre el funesto patíbulo donde mis despojos ya colgaban.
Perturbada de no verte de nuevo aparecer
comencé, entre gritos de desquicio, perdida en la ansiedad,
a entender que aquello, preciosa dicha de tenerte,
no eras más que la quimera maldita
de un sueño bajo el encanto por saberme de tí
una inepta enamorada.
besé tus labios, terso e inmaculado roce de mi boca en tu boca,
frágil te sentí, sin poder evitarlo, mi inminente entrega a tí,
fue un instante lleno de piedad y vanidad para mi amor.
Me tomaste entre tus brazos cual cristal cortado,
me miraste traspasando a mis ojos, más allá de mi cuerpo;
sostuve un segundo el respiro a mis pulmones
y escuche la interrogante que en susurro articulaste.
Y respondí, sin desvarío alguno, que sí, así sería,
sin importar lo que el designio de la vida a mí formulara,
sin reproches, ausentando al desamparo de los recuerdos,
viviendo sin descanso, amándote sin menguar amor de día.
Te seguiría vida mía, a donde sea que fueras, yo iría,
como hasta hoy no me he cansado de buscar;
indagándome sin cesar de dónde andarás,
de si me recordarás, de si con alguien más estarás...
Ya después no respondiste, ni me miraste, ni en tus brazos me sostuviste,
ya después en un corto parapadeo te me desvaneciste;
advertí entonces que mi alucinación mermaba,
vislumbre el funesto patíbulo donde mis despojos ya colgaban.
Perturbada de no verte de nuevo aparecer
comencé, entre gritos de desquicio, perdida en la ansiedad,
a entender que aquello, preciosa dicha de tenerte,
no eras más que la quimera maldita
de un sueño bajo el encanto por saberme de tí
una inepta enamorada.