Ya no estás mujer
en la colina de los vientos,
cuando eras primavera
floreciendo mis retoños,
al sur de los paisajes
que cobijaron mis sueños
de ser ciprés,
altivo y orgulloso,
protector natural
de tus tormentas de vientos.
Ya no estás mujer,
aromándote en la esencia
de los gálbulos maduros
que recogiste en otoños,
cuando los vientos mecían
la altivez solemne
de mi tallo,
flexible y alto,
y mi apretado ramaje
musical instrumento del aire.
Ya no estás, mujer,
por la soberbia de los años
de creerme dueño de tus tiempos,
de retener en mis raíces
la juventud de tus vuelos
me equivoqué en eso
y estoy pagando su precio.
Necesito de tu savia,
mis ramas están secas,
estoy inclinado y viejo.
Vuelve mujer,
en lluvias de montañas
humedeciendo los vientos,
que peinan el paisaje
de este sur frío y austero,
ya no soy aquel ciprés
presuntuoso y altivo,
único custodio de tus vientos.
Hay poca savia en mis venas
mi tronco se está muriendo.