Pudo ser gris,
azul, qué más da,
la brisa vespertina
tiñó tus mejillas
alegres, rosadas,
con el tenue perfume
de ese aliento impreciso.
Tus sentidos se mecen
en la frágil rama
de mi hambrienta necedad,
mientras gritan audaces
idílicas visiones
que feroces devoran
nuestra viva libertad.
El tiempo impone
su paciente ansiedad,
disfrazado del ayer,
mirando a un mañana
que crece hoy
en la fértil tierra
que abonan tus besos.
Cada caricia
cada temblor que emana
de tus labios custridos
se funden, cálidos,
con efímeras pasiones
que fluyen del manantial
donde nacen mis sueños,
mueren con la luna,
como amantes que cruzan
el umbral de la vida,
aterrados por un sol
que eclipsa cada latido,
pero renacen,
impulsados por el fuego
de ese mismo sol
que enciende tus pupilas.
Quizás si los pájaros hablaran,
quizás si las flores volaran,
abrazaríamos ese mismo cielo
que cada noche, cada día
posa bajo el dintel de mi alma.
azul, qué más da,
la brisa vespertina
tiñó tus mejillas
alegres, rosadas,
con el tenue perfume
de ese aliento impreciso.
Tus sentidos se mecen
en la frágil rama
de mi hambrienta necedad,
mientras gritan audaces
idílicas visiones
que feroces devoran
nuestra viva libertad.
El tiempo impone
su paciente ansiedad,
disfrazado del ayer,
mirando a un mañana
que crece hoy
en la fértil tierra
que abonan tus besos.
Cada caricia
cada temblor que emana
de tus labios custridos
se funden, cálidos,
con efímeras pasiones
que fluyen del manantial
donde nacen mis sueños,
mueren con la luna,
como amantes que cruzan
el umbral de la vida,
aterrados por un sol
que eclipsa cada latido,
pero renacen,
impulsados por el fuego
de ese mismo sol
que enciende tus pupilas.
Quizás si los pájaros hablaran,
quizás si las flores volaran,
abrazaríamos ese mismo cielo
que cada noche, cada día
posa bajo el dintel de mi alma.
Última edición por un moderador: