Daniela Albasini
Poeta asiduo al portal
El muchacho se levantó sin comprenderse,
¿por qué se había enfadado de aquella manera?
Si en realidad aquella cuestión con él no iba,
¿por qué razón se había desatado su ira?
Quien quiera que lo viera no lo entendiera.
De su habitación no quiso salir aquella tarde,
meditando acerca de sus reacciones
pasó varias horas mientras la penumbra
de la habitación fuese apropiando.
La oscuridad se adueñó de la estancia,
la quietud callada de la noche tranquila
invadió el corazón rebelde y joven
que en aquella tarde pensaba en su vida.
Reflexionaba el muchacho acerca de sus pasiones,
de sus iras, de sus temores, de sus emociones,
sentía que lo dominaban como querían,
que no era dueño de sí serenamente,
que la vorágine del corazón lo confundía
y que se apoderaba de él intensamente.
¿A dónde sereno se agarraría?
¿Qué poderosa amarra asir podría
para afianzarse seguro de sus acciones?
De repente un espejo brilló en la noche,
un rayo de luna en él reflejose
y el muchacho se aproximó al cristal
que pintado de plata así brillaba.
Ténuemente su cara en él se dibujó
y al amparo de su rostro joven
entendió que de aquí en lo sucesivo
antes de actuar lleno de ira
al espejo debía mirarse tranquilo.
A explorar en el fondo de su alma
qué razones había para sus acciones,
qué razones profundas de un ser oscuro
agazapado en el fondo de las tinieblas
reflejarían su imagen deformada.
¿por qué se había enfadado de aquella manera?
Si en realidad aquella cuestión con él no iba,
¿por qué razón se había desatado su ira?
Quien quiera que lo viera no lo entendiera.
De su habitación no quiso salir aquella tarde,
meditando acerca de sus reacciones
pasó varias horas mientras la penumbra
de la habitación fuese apropiando.
La oscuridad se adueñó de la estancia,
la quietud callada de la noche tranquila
invadió el corazón rebelde y joven
que en aquella tarde pensaba en su vida.
Reflexionaba el muchacho acerca de sus pasiones,
de sus iras, de sus temores, de sus emociones,
sentía que lo dominaban como querían,
que no era dueño de sí serenamente,
que la vorágine del corazón lo confundía
y que se apoderaba de él intensamente.
¿A dónde sereno se agarraría?
¿Qué poderosa amarra asir podría
para afianzarse seguro de sus acciones?
De repente un espejo brilló en la noche,
un rayo de luna en él reflejose
y el muchacho se aproximó al cristal
que pintado de plata así brillaba.
Ténuemente su cara en él se dibujó
y al amparo de su rostro joven
entendió que de aquí en lo sucesivo
antes de actuar lleno de ira
al espejo debía mirarse tranquilo.
A explorar en el fondo de su alma
qué razones había para sus acciones,
qué razones profundas de un ser oscuro
agazapado en el fondo de las tinieblas
reflejarían su imagen deformada.