Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Razones peregrinas
Las razones por las cuales
la vida me sujeta al mundo
son del todo peregrinas.
Extrañas son las formas
del placer consumado
que aúnan en la noche:
oído y gusto, vista y tacto.
El negro inmaculado de la calle
entra en mi taza;
la miel sobre el aceite
pone oídos a un redoble,
dulce y armonioso de campanas;
escucho tus mensajes
mientras tomo el desayuno:
dos rebanadas de pan, dos nueces
y un corazón de manzana;
palabras que sonando como el agua
en mí se crecen y hacen río,
ruidoso y caudaloso,
con márgenes que inundan de silencios
al barco que descansa en puerto fijo.
La imagen de tu ayer viste el mañana,
que ahora viene a mí desde tus dedos;
te puedo al fin tocar con todo el alma,
el aire que me atrapa es solo tuyo.
No creo equivocarme cuando siento
tu voz como la miel bajo la lengua,
y puedo enumerar varios motivos
que unen a mi vida con tu cielo;
comienza, el primero, por un ocho,
los tres que le acompañan valen poco,
un cero y otro cero y otro cero,
kilómetros y millas bajo el agua.
La sed que ahora yo tengo
y nunca muere.
Las razones por las cuales
la vida me sujeta al mundo
son del todo peregrinas.
Extrañas son las formas
del placer consumado
que aúnan en la noche:
oído y gusto, vista y tacto.
El negro inmaculado de la calle
entra en mi taza;
la miel sobre el aceite
pone oídos a un redoble,
dulce y armonioso de campanas;
escucho tus mensajes
mientras tomo el desayuno:
dos rebanadas de pan, dos nueces
y un corazón de manzana;
palabras que sonando como el agua
en mí se crecen y hacen río,
ruidoso y caudaloso,
con márgenes que inundan de silencios
al barco que descansa en puerto fijo.
La imagen de tu ayer viste el mañana,
que ahora viene a mí desde tus dedos;
te puedo al fin tocar con todo el alma,
el aire que me atrapa es solo tuyo.
No creo equivocarme cuando siento
tu voz como la miel bajo la lengua,
y puedo enumerar varios motivos
que unen a mi vida con tu cielo;
comienza, el primero, por un ocho,
los tres que le acompañan valen poco,
un cero y otro cero y otro cero,
kilómetros y millas bajo el agua.
La sed que ahora yo tengo
y nunca muere.