danie
solo un pensamiento...
Una vez en la vida, sintámonos creadores y
usemos la imaginación dibujando un gran hospital.
Paredes blancas, camillas, médicos de un lado para el otro,
enfermeras cambiando los sueros, ambulancias que entran y salen.
Hasta dibujemos en nuestra mente
a los enfermos, a los peores enfermos que necesitan ser tratados.
Ahora dibujemos cientos de gatos entrando por la puerta,
gatos sobre más gatos, miles de gatos
dejando pelos de gatos, huesos de gatos, heces de gatos.
Sus maullidos son ensordecedores,
arañan las cortinas, saltan sobre las camillas persiguiendo a las ratas,
saltan sobre las faldas de las enfermeras hasta desgarrarlas,
devoran a los enfermos… y
se siguen multiplicando.
Un eterno «¡MIAUUU!» con su áspero eco.
En fin, se podría decir que se volvió
un mundo infelizmente gatuno, un mundo de gatos
desobedientes
ya que no queda a quien obedecer.
Ahora, si les digo que la ficción es ese gran hospital
con todo los elementos y el personal, e incluso con los enfermos
que fueron devorados por los gatos.
Por ende la realidad quedaría encasillada en los gatos,
esos apestosos gatos
que arañan, maúllan y destrozan el lugar, y que
por nada del mundo hay manera de sacarlos. Pues,
no queda nadie para sacarlos.
Como tal, la ficción no existe; sólo queda la realidad:
los apestosos gatos destruyendo el lugar
hasta que queda en ruinas, hasta que por completo desaparece.
Lo que los gatos
no saben es que en un punto de la historia del hospital
la realidad llegó a su límite para volverse ficción,
y como toda ficción
desapareció en la neurona de lo increado.
Sólo queda la otra realidad, la de los apestosos gatos
completamente solos
con sus aletargados maullidos,
en el vacío infinito de la ficción,
tanto así..
que se volvieron también ellos
un triste dejo en la memoria olvidada. Una nebulosa
de una realidad que no pensamos.
Así la historia de los gatos en el hospital cierra su libro.
Tal vez, otro día, dibujemos otra historia real,
puede ser con perros; pero estoy seguro de que
va a terminar igual.
usemos la imaginación dibujando un gran hospital.
Paredes blancas, camillas, médicos de un lado para el otro,
enfermeras cambiando los sueros, ambulancias que entran y salen.
Hasta dibujemos en nuestra mente
a los enfermos, a los peores enfermos que necesitan ser tratados.
Ahora dibujemos cientos de gatos entrando por la puerta,
gatos sobre más gatos, miles de gatos
dejando pelos de gatos, huesos de gatos, heces de gatos.
Sus maullidos son ensordecedores,
arañan las cortinas, saltan sobre las camillas persiguiendo a las ratas,
saltan sobre las faldas de las enfermeras hasta desgarrarlas,
devoran a los enfermos… y
se siguen multiplicando.
Un eterno «¡MIAUUU!» con su áspero eco.
En fin, se podría decir que se volvió
un mundo infelizmente gatuno, un mundo de gatos
desobedientes
ya que no queda a quien obedecer.
Ahora, si les digo que la ficción es ese gran hospital
con todo los elementos y el personal, e incluso con los enfermos
que fueron devorados por los gatos.
Por ende la realidad quedaría encasillada en los gatos,
esos apestosos gatos
que arañan, maúllan y destrozan el lugar, y que
por nada del mundo hay manera de sacarlos. Pues,
no queda nadie para sacarlos.
Como tal, la ficción no existe; sólo queda la realidad:
los apestosos gatos destruyendo el lugar
hasta que queda en ruinas, hasta que por completo desaparece.
Lo que los gatos
no saben es que en un punto de la historia del hospital
la realidad llegó a su límite para volverse ficción,
y como toda ficción
desapareció en la neurona de lo increado.
Sólo queda la otra realidad, la de los apestosos gatos
completamente solos
con sus aletargados maullidos,
en el vacío infinito de la ficción,
tanto así..
que se volvieron también ellos
un triste dejo en la memoria olvidada. Una nebulosa
de una realidad que no pensamos.
Así la historia de los gatos en el hospital cierra su libro.
Tal vez, otro día, dibujemos otra historia real,
puede ser con perros; pero estoy seguro de que
va a terminar igual.