Nikita Kunzita
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las velas encendidas,
aroma a pasión.
Tu perfume en el aire,
dibujándote en cada rincón.
Las rosas que trajiste,
el vino a medio beber,
las copas vacías
son el recuerdo del placer.
En mi habitación,
aún te escucho murmurar,
que no querías que la noche
llegara a su final.
Mi negro vestido
descansando en el sofá
y tu camisa pensando
que te has ido, olvidándola.
Son los testigos
de que ha amanecido ya.
Y tú, ya no estás.
Solo tu recuerdo me acompaña
y tu tímido beso al partir,
cuando apenas la mañana comenzaba.
Mire el reloj
y éste ya marcaba,
la hora del fin
cuando te tocaba partir.
Y mientras te veía marchar,
la soledad se colaba en mi alma.
Un minuto sin ti
y ya te extrañaba.
Regrese a intentar dormir.
Abracé mi almohada,
para pensar que eras tú,
para pensar que aún,
te encontrabas entre mis sábanas.
Pero no me pude engañar.
Nada puede ocupar tu lugar.
Lágrimas rodaron por mi cara
y un suspiro interrumpió el silencio.
Caminé por la casa,
tratando de recordar cada detalle,
de la noche pasada.
Recordé como me mirabas,
reí con tus palabras,
bebí del mismo vino,
escuché las mismas baladas,
bailé con tu recuerdo,
y recordé como me deseabas.
Sentí tus besos
y aquellas caricias de fuego.
Ya no habían estrellas
aún así me las imaginaba.
Recordé todo y lo guardé en mi alma.
Respiré el perfume
de la camisa olvidada
y al sentirte aún conmigo,
tomé mi café
y regresé de nuevo a mi cama,
esperando que pasen los días
y llegues de nuevo a casa,
con tu vino y tus rosas,
diciéndome cuanto me amas.
aroma a pasión.
Tu perfume en el aire,
dibujándote en cada rincón.
Las rosas que trajiste,
el vino a medio beber,
las copas vacías
son el recuerdo del placer.
En mi habitación,
aún te escucho murmurar,
que no querías que la noche
llegara a su final.
Mi negro vestido
descansando en el sofá
y tu camisa pensando
que te has ido, olvidándola.
Son los testigos
de que ha amanecido ya.
Y tú, ya no estás.
Solo tu recuerdo me acompaña
y tu tímido beso al partir,
cuando apenas la mañana comenzaba.
Mire el reloj
y éste ya marcaba,
la hora del fin
cuando te tocaba partir.
Y mientras te veía marchar,
la soledad se colaba en mi alma.
Un minuto sin ti
y ya te extrañaba.
Regrese a intentar dormir.
Abracé mi almohada,
para pensar que eras tú,
para pensar que aún,
te encontrabas entre mis sábanas.
Pero no me pude engañar.
Nada puede ocupar tu lugar.
Lágrimas rodaron por mi cara
y un suspiro interrumpió el silencio.
Caminé por la casa,
tratando de recordar cada detalle,
de la noche pasada.
Recordé como me mirabas,
reí con tus palabras,
bebí del mismo vino,
escuché las mismas baladas,
bailé con tu recuerdo,
y recordé como me deseabas.
Sentí tus besos
y aquellas caricias de fuego.
Ya no habían estrellas
aún así me las imaginaba.
Recordé todo y lo guardé en mi alma.
Respiré el perfume
de la camisa olvidada
y al sentirte aún conmigo,
tomé mi café
y regresé de nuevo a mi cama,
esperando que pasen los días
y llegues de nuevo a casa,
con tu vino y tus rosas,
diciéndome cuanto me amas.