María Rentería
Luna en Acuario.
Imagen de internet
Pasaba el tiempo y Killa trató, sin mucho éxito, de dejar el asunto a un lado, aunque solo fuera por momentos, como para no sufrir ansiedad. Un día abrió su perfil y cuando encontró en la lista de mensajes la respuesta de Helio, simplemente se quedó absorta decidiendo si esperaría un poco antes de leerlo... ¡imposible! Simplemente, no podía. No debía postergarse más lo que ya había sido postergado por décadas. A medida que leía el mensaje, la emoción empezaba a generarle una ligera sensación de opresión en el pecho, como de respiración contenida. No era solo por el mensaje, sino que percibía en sus palabras entusiasmo por saber que se trataba de ella. A este mensaje siguió un intercambio de muchos otros, hablando brevemente de su vida, compartiendo teléfonos, correos, domicilios. Finalmente Killa creyó oportuno comentar sobre su deseo de verlo.
Estando en un centro comercial -tal vez se sentía más segura rodeada de gente-, ella marcó el celular de Helio. Después de comentar alguna trivialidad le preguntó si podrían verse pronto. Finalmente concertaron día, lugar y hora.
Ella pensó durante muchos días lo que quería decirle. Tal vez no debía decir ciertas cosas, dadas las circunstancias actuales de cada uno. Sin embargo, pensó que a estas alturas de la vida era mejor ser amablemente honesta y no callar la emoción y el sentimiento, podría ser que su corazón explotara si no sacaba a borbotones lo que sentía. Y se le ocurrió que para ser precisa debía escribir cuidadosamente cada palabra. Así que decidió escribirle una carta, que le entregaría en mano. Además, una carta, si él decidía conservarla, sería un permanente testigo de lo ocurrido. Entonces se dio a la tarea de escribirla. Curioso: nuevamente lo hizo en un centro comercial. ¡Ya estaba lista la carta! Fue muy difícil decidir qué ropa usar, qué aretes, como llevar el cabello... ¿acaso eso era fácil para alguna mujer?
Llegado el día del encuentro, 13 de noviembre, y sintiendo mariposas en el estómago (hace cuanto que no pasaba esto, y no dejaba de generarle a ella cierta sorpresa, si acaso no molestia), se subió al auto y se dirigió al punto de encuentro con tiempo suficiente para una llegada puntual. En el lugar, Killa estacionó el auto. Al bajarse, se percató de lo mal que se había estacionado, ya que estaba muy nerviosa. Pero en ese justo momento, escuchó la voz de Helio que también había llegado. En una segunda mirada al auto, Killa decidió que debía acomodarlo bien y Helio la esperó. Por el nerviosismo tuvo que hacerlo en varios movimientos, penosamente y como dando crédito sin querer al argumento de que las mujeres manejan mal. En fin. Pero una vez que entraron al restaurante se olvidó por completo del asunto del auto.
Sentados a la mesa, Helio pidió un pastel y Killa algo de frutas. Ella sentía que le sería imposible ingerir algo más con tanta emoción sentida justo en la boca del estómago. Hablaron de sus quehaceres, de sus quereres, de sus logros e ilusiones, y también de sus desilusiones, como un par de niños en la casita de un árbol.
La velada no sería muy larga, así que cuando sintió que era el momento preciso, Killa le entregó a Helio la carta... qué bueno que la había escrito para no olvidar nada importante y sobre todo para que no se le quebrase la voz. En ella le decía lo afortunada que había sido al tener el cariño de mucha gente alrededor de ella, y a pesar de ello, lo mucho que había deseado, por largos años, que se diera este reencuentro. Le hablaba de la gran cantidad de noches en las que había soñado con él, y despertado con nostalgia deseándole que se encontrara muy feliz y pleno, con el secreto deseo de volver a verlo. Como ella siempre había creído en la importancia de ser agradecida, en la carta no faltó ese agradecimiento por lo mucho que había tenido que ver la experiencia de haberlo amado en la construcción de su persona. El haber aprendido a amar con donación y desprendimiento.
Y aunque en su corazón había mucho más que solo gratitud, eso era todo lo que el pudor y la prudencia le permitían expresar. Al terminar de leer la carta, ella pudo ver con gran emoción que los ojos de Helio se habían humedecido francamente. También sintió que él pudo leer perfectamente entre líneas. Ya no había vuelta atrás. Killa le había mostrado las profundidades de su corazón, exponiendo el alma desnuda y vulnerable. ¿Qué seguía? Tal vez nada. O mejor aún, una hermosa amistad por el resto de la vida. Con cualquier cosa, Killa estaba conforme, ya que había cumplido un deseo largamente acariciado. En su mente ella pensaba: -"lo que quieras tú, yo también lo quiero, y lo que no quieras, no"-.
Después de esto, el tiempo pasó casi sin sentirse, hasta llegar el momento de decirse hasta luego. ¿O adiós? Killa no lo sabía, así que estando nuevamente en el estacionamiento, al momento de despedirse, se abrazaron. Ella quiso memorizar cada segundo de ese abrazo, porque no sabía si alguna vez habría otro. Cerrando los ojos inhaló profundamente su olor, tratando de grabarlo en la memoria, conteniendo un poco las lágrimas. Trémulamente colocó la mano en la mejilla de Helio tratando de memorizar cada sensación táctil para la posteridad. Killa percibió una lágrima traicionera en los ojos cuando él le susurró al oído: -"Te quiero mucho"-.
Después de esto, ambos siguieron sus caminos en la vida. Si llegó a haber algún otro encuentro entre Killa y Helio, es una decisión que dejo al amable lector que ha posado su mirada en estas últimas líneas y que ha acompañado pacientemente este pequeño relato, esperando haberle hecho vivir cada detalle, cada emoción y cada sentimiento en lo más profundo de la entraña. Lo que sí puedo decir como colofón, amable lector, es que sin duda este encuentro acompañaría e inspiraría a Killa por el resto de su vida.
Última edición:
::