Capítulo 10
Ni bien, ni mal; ni triste o alegre. La mejor definición del estado, en el que abandonó aquel recinto,
seria, la de vacío.
Puedes estar solo, pero lleno en tu interior, o estar en un tumulto y sentirse solo, único… vacío, vacío
de ilusión, de recuerdos, de ambición; esa fue su sensación a la salida de aquel hospital.
Ni pensaba, ni deseaba hacerlo. Como un autómata siguió paso, tras paso: la mirada baja, barriendo
con los ojos el suelo, lento y arrastrado el pisar, descolgado en su esqueleto; sin ánimo ni deseo que iluminase su angustia. Solo, cómo perro apaleado, vagó de calle en calle, sin saber donde parar.
El mundo a su alrededor, giraba en el estrés de las gentes, raudos, sin frenos, inaguantables, en
contraste con ellos, él resultaba estático; se movía con lento y dudoso paso.
No quería pensar y en su mente se apilaban las ideas. Frenó su caminar y balanceó su cuerpo, quiso
espabilar su ser de lo absurdo de aquel sueño; no aceptaba la realidad en la que sin motivos se hubo
estacionado.
Una tormenta, entristeció el cielo que, con relampagueantes bramidos, pareció gritar su pena y,
grandes lágrimas de lluvia mojó su rostro, siempre, en todo momento de su tormentosa realidad, tuvo
la ilusión de su madre; como último recurso se aferraba a su recuerdo. Ahora, tras la llamada, nada
tenía. Hasta el calor de su recuerdo lo había perdido, nada le quedaba, para qué dejar seguir aquella
duda; para qué continuar, nada le ataba a sus recuerdos, era un ser nuevo, un tal Alejandro del que
nada sabía… ni deseaba saber. -Mejor sería morir-, pensó; mientras la tormenta, agrandaba su furia,
en gruesas y rápidas gotas.
Instintivamente se refugió de aquel diluvio, que por momentos se acrecentaba, cobijándose en un
sombrío portal, desganadamente observó cómo el agua al caer estallaba sus diminutas gotas sobre el
asfalto, coronándose en su contacto con ínfimas salpicaduras, de circulares formas, se embelesó en
observarlas, para tratar de escapar de su pensamiento. Absorto en ellas no se percató del hombre que a
su espalda, efusivamente le saludaba.
Había surgido desde el fondo del portal. En un principio no reconoció su obesa figura, pero conforme
fue su acercamiento, sus rasgos le delataron: se trataba de aquel compañero con el que compartió la
habitación del refugio, sin embargo, había cambiado mucho, siempre le resultó, en parte, repelente,
pero ahora resultaba aún más desagradable.
Era un ser esquivo, de los que sin mirarte están pendiente de ti; obeso y sudoroso, de cabellos
relamidamente peinados; poco agraciado, que en las clases altas se diría. Sin embargo lo que ante él se
presentaba, ni aquel calificativo merecería. Seguía siendo la misma persona, pero enfundado ahora en
mugrienta camisa descamisada, que cubría a penas su voluminosa panza de chorreados y escasos
bellos. Su mano izquierda sujetaba desvalida, la traslúcida botella de una cerveza, mientras que la
derecha, mantenía el tirar de un sucio carrito. Sobre sus ojos el grasiento pelo, hecho jirones y entre
ellos a escondidas sus esquivos ojos.
-¿Qué tal compañero? -Fue su saludo. Y abandonó el sujetar del carro para ofrecer su regordeta mano.
-Hola, ¿qué tal? -Fue su fría respuesta, al oprimir en parte la humedecida mano.
Una de las pocas miradas que aquel hombre le ofreció, se realizó en aquel momento; en contestación
a su qué tal.
Fueron unos fríos ojos los que sin hablar contestaban con un: -¿Tu qué crees?-.
-¿No estás ya en el refugio? Le preguntó el joven, mientras limpiaba instintivamente la palma de su
mano en el humedecido pantalón.
-¿Dónde paras ahora? -Contestó con su pregunta la que el joven le hubo hecho.
-De aquí para allá. -Dijo él con cierta tristeza.
-¿No vuelves al refugio? -Volvió a preguntar aquel individuo, escrutándole desde la penumbra.
¿Volver al refugio? -Pensó y renuncio de inmediato a aquella idea, sintió dentro de sí una extraña
vergüenza, no, no volvería a aquel lugar.
Su primer ingreso fue con orgullo, como un escritor dispuesto generosamente, a vivir sus personajes;
la salida, triunfal, pensó en aquel día en que su euforia fue destrozada, recordó su casa y aquel
calabozo. Bajó la mirada y se dijo a sí mismo. -Los recuerdos de Alejandro, estos son. -Ya quedó
poco del tal Miguel, era otra persona, miró con fijeza a su andrajoso amigo, viéndose reflejado en su
imagen como en un espejo.
Ese era su final. Se sintió tristemente hundido y apartó al suelo sus ojos humedecidos en tristeza.
No, no volvería a suplicar aquella cama, se quedaría en la calle, como perro callejero.
En el último tiempo los había visto, en sus cajas de cartones o cubiertos hasta las cabezas con
mugrientas mantas, en el cajero del banco y sobre los bancos tendidos, siempre habría un rincón para
él, aceptó su posición y decidió seguirla.
Aquel obeso hombre de esquiva mirada descubrió un momento su observancia, y pareció el haber
deducido su decisión; extendió hacia él la botella, ofreciéndole la celebración de un trago.
Tomó en su mano el cristal y sin repugnancia alguna, bebió un gran buche, tras el contestó.
-No, no creo que vuelva. -Y volvió a tomar un nuevo trago.
Se espesaron los minutos, viendo simplemente de llover, recreándose en el estallido de la lluvia contra
el suelo; esta fue cesando y en poco el agua, aminoró su caída, hasta finalizar en gruesos goterones del
edificio al escurrir.
-¿Hacia dónde vas?, - preguntó el orondo compañero.
-Pues… -Dudó unos instantes, tras los cuales concluyó. -Me da igual, hacia arriba, hacia abajo…
me da igual.
-Yo tengo un buen rincón, a unos pasos de aquí. -Notó en sus palabras, una leve invitación y tras
una pequeña duda, aceptó el seguirle.
Ambos, con la humedad reinante del agua caída, iniciaron un lento caminar por las aceras.
Ciertamente, como se dijese antes, a pocos pasos se encontró el rincón; en verdad estaba arrinconado,
era el solar de una obra, donde la unión de dos casas, formaban la esquina; en él, abandonados, cuatro
grandes trozos de tuberías de cemento, en cuyo interior se dormía, justamente en uno de ellos, se
apreciaban los diferentes cartones y restos de ropas que simulaban un colchón, al fondo más harapos
redoblados a modo de almohada.
Llegados a su altura ambos respiraron. El compañero acomodó el carrito, mientras él, derrotado, tomó
asiento en una piedra.
-Aquí es donde vivo; en esos tubos se duerme bien; además hay un perrillo que aparece por las
noches y duerme aquí; a mí no me importa, me da compañía y me defiende de las ratas.
Dicho esto, calló y miro furtivamente al joven.
Este aunque oía lo que hablaba permaneció ausente en la observación de su nuevo refugio, su
compañero sacó del carro un tetrabrik de vino peleón, sin estrenar y tras cortar una esquina, lo ofreció
al joven, escondiendo la mirada y con burlona risa, en sus salivosos labios. Mientras tanto, en el
descampado hizo entrada un famélico perro, de un blanco sucio, que se restregó contra sus piernas a
modo de saludo. Tras el roce de ambas manos y las palabras pronunciadas por su amo, el chucho se
apartó e inició en recorrido el límite periférico de aquel solar. Mientras ellos, iluminados ahora por una
recién encendida candela, bebían con ansia de aquel vino, que les atrofiaba su presente.
Tras consumir el vino a punto ya de borrachera, aquel obeso lloró. En un, -Hija de puta-, brotó su
llanto y en un apretar de dientes, terminó. Luego tocó al lagrimal, que derramaron su pena en gruesas
gotas, y que en silencio, tras brotar de sus ojos, corrieron por sus mejillas y rozaron la comisuras de
sus labios para terminar cayendo en su oronda barriga.
Le dio pena su miseria. Lentamente apoyó la mano sobre su hombro y por primera vez, el ver sus ojos,
le agradó.
Aquella persona regordeta y llorosa, le motivó la ternura de un niño grande; trató de consolarle, con el
roce de sus manos sobre la espalda y en silencio, aquella pena le dolió. Vio en ella lo que serían sus
próximos pasos.
Se apartó de él, mientras aquel hombre mascullaba, -Hija de puta-. Y sus regordetas manos afilaban
contra la piedra una vieja navaja.
Ni bien, ni mal; ni triste o alegre. La mejor definición del estado, en el que abandonó aquel recinto,
seria, la de vacío.
Puedes estar solo, pero lleno en tu interior, o estar en un tumulto y sentirse solo, único… vacío, vacío
de ilusión, de recuerdos, de ambición; esa fue su sensación a la salida de aquel hospital.
Ni pensaba, ni deseaba hacerlo. Como un autómata siguió paso, tras paso: la mirada baja, barriendo
con los ojos el suelo, lento y arrastrado el pisar, descolgado en su esqueleto; sin ánimo ni deseo que iluminase su angustia. Solo, cómo perro apaleado, vagó de calle en calle, sin saber donde parar.
El mundo a su alrededor, giraba en el estrés de las gentes, raudos, sin frenos, inaguantables, en
contraste con ellos, él resultaba estático; se movía con lento y dudoso paso.
No quería pensar y en su mente se apilaban las ideas. Frenó su caminar y balanceó su cuerpo, quiso
espabilar su ser de lo absurdo de aquel sueño; no aceptaba la realidad en la que sin motivos se hubo
estacionado.
Una tormenta, entristeció el cielo que, con relampagueantes bramidos, pareció gritar su pena y,
grandes lágrimas de lluvia mojó su rostro, siempre, en todo momento de su tormentosa realidad, tuvo
la ilusión de su madre; como último recurso se aferraba a su recuerdo. Ahora, tras la llamada, nada
tenía. Hasta el calor de su recuerdo lo había perdido, nada le quedaba, para qué dejar seguir aquella
duda; para qué continuar, nada le ataba a sus recuerdos, era un ser nuevo, un tal Alejandro del que
nada sabía… ni deseaba saber. -Mejor sería morir-, pensó; mientras la tormenta, agrandaba su furia,
en gruesas y rápidas gotas.
Instintivamente se refugió de aquel diluvio, que por momentos se acrecentaba, cobijándose en un
sombrío portal, desganadamente observó cómo el agua al caer estallaba sus diminutas gotas sobre el
asfalto, coronándose en su contacto con ínfimas salpicaduras, de circulares formas, se embelesó en
observarlas, para tratar de escapar de su pensamiento. Absorto en ellas no se percató del hombre que a
su espalda, efusivamente le saludaba.
Había surgido desde el fondo del portal. En un principio no reconoció su obesa figura, pero conforme
fue su acercamiento, sus rasgos le delataron: se trataba de aquel compañero con el que compartió la
habitación del refugio, sin embargo, había cambiado mucho, siempre le resultó, en parte, repelente,
pero ahora resultaba aún más desagradable.
Era un ser esquivo, de los que sin mirarte están pendiente de ti; obeso y sudoroso, de cabellos
relamidamente peinados; poco agraciado, que en las clases altas se diría. Sin embargo lo que ante él se
presentaba, ni aquel calificativo merecería. Seguía siendo la misma persona, pero enfundado ahora en
mugrienta camisa descamisada, que cubría a penas su voluminosa panza de chorreados y escasos
bellos. Su mano izquierda sujetaba desvalida, la traslúcida botella de una cerveza, mientras que la
derecha, mantenía el tirar de un sucio carrito. Sobre sus ojos el grasiento pelo, hecho jirones y entre
ellos a escondidas sus esquivos ojos.
-¿Qué tal compañero? -Fue su saludo. Y abandonó el sujetar del carro para ofrecer su regordeta mano.
-Hola, ¿qué tal? -Fue su fría respuesta, al oprimir en parte la humedecida mano.
Una de las pocas miradas que aquel hombre le ofreció, se realizó en aquel momento; en contestación
a su qué tal.
Fueron unos fríos ojos los que sin hablar contestaban con un: -¿Tu qué crees?-.
-¿No estás ya en el refugio? Le preguntó el joven, mientras limpiaba instintivamente la palma de su
mano en el humedecido pantalón.
-¿Dónde paras ahora? -Contestó con su pregunta la que el joven le hubo hecho.
-De aquí para allá. -Dijo él con cierta tristeza.
-¿No vuelves al refugio? -Volvió a preguntar aquel individuo, escrutándole desde la penumbra.
¿Volver al refugio? -Pensó y renuncio de inmediato a aquella idea, sintió dentro de sí una extraña
vergüenza, no, no volvería a aquel lugar.
Su primer ingreso fue con orgullo, como un escritor dispuesto generosamente, a vivir sus personajes;
la salida, triunfal, pensó en aquel día en que su euforia fue destrozada, recordó su casa y aquel
calabozo. Bajó la mirada y se dijo a sí mismo. -Los recuerdos de Alejandro, estos son. -Ya quedó
poco del tal Miguel, era otra persona, miró con fijeza a su andrajoso amigo, viéndose reflejado en su
imagen como en un espejo.
Ese era su final. Se sintió tristemente hundido y apartó al suelo sus ojos humedecidos en tristeza.
No, no volvería a suplicar aquella cama, se quedaría en la calle, como perro callejero.
En el último tiempo los había visto, en sus cajas de cartones o cubiertos hasta las cabezas con
mugrientas mantas, en el cajero del banco y sobre los bancos tendidos, siempre habría un rincón para
él, aceptó su posición y decidió seguirla.
Aquel obeso hombre de esquiva mirada descubrió un momento su observancia, y pareció el haber
deducido su decisión; extendió hacia él la botella, ofreciéndole la celebración de un trago.
Tomó en su mano el cristal y sin repugnancia alguna, bebió un gran buche, tras el contestó.
-No, no creo que vuelva. -Y volvió a tomar un nuevo trago.
Se espesaron los minutos, viendo simplemente de llover, recreándose en el estallido de la lluvia contra
el suelo; esta fue cesando y en poco el agua, aminoró su caída, hasta finalizar en gruesos goterones del
edificio al escurrir.
-¿Hacia dónde vas?, - preguntó el orondo compañero.
-Pues… -Dudó unos instantes, tras los cuales concluyó. -Me da igual, hacia arriba, hacia abajo…
me da igual.
-Yo tengo un buen rincón, a unos pasos de aquí. -Notó en sus palabras, una leve invitación y tras
una pequeña duda, aceptó el seguirle.
Ambos, con la humedad reinante del agua caída, iniciaron un lento caminar por las aceras.
Ciertamente, como se dijese antes, a pocos pasos se encontró el rincón; en verdad estaba arrinconado,
era el solar de una obra, donde la unión de dos casas, formaban la esquina; en él, abandonados, cuatro
grandes trozos de tuberías de cemento, en cuyo interior se dormía, justamente en uno de ellos, se
apreciaban los diferentes cartones y restos de ropas que simulaban un colchón, al fondo más harapos
redoblados a modo de almohada.
Llegados a su altura ambos respiraron. El compañero acomodó el carrito, mientras él, derrotado, tomó
asiento en una piedra.
-Aquí es donde vivo; en esos tubos se duerme bien; además hay un perrillo que aparece por las
noches y duerme aquí; a mí no me importa, me da compañía y me defiende de las ratas.
Dicho esto, calló y miro furtivamente al joven.
Este aunque oía lo que hablaba permaneció ausente en la observación de su nuevo refugio, su
compañero sacó del carro un tetrabrik de vino peleón, sin estrenar y tras cortar una esquina, lo ofreció
al joven, escondiendo la mirada y con burlona risa, en sus salivosos labios. Mientras tanto, en el
descampado hizo entrada un famélico perro, de un blanco sucio, que se restregó contra sus piernas a
modo de saludo. Tras el roce de ambas manos y las palabras pronunciadas por su amo, el chucho se
apartó e inició en recorrido el límite periférico de aquel solar. Mientras ellos, iluminados ahora por una
recién encendida candela, bebían con ansia de aquel vino, que les atrofiaba su presente.
Tras consumir el vino a punto ya de borrachera, aquel obeso lloró. En un, -Hija de puta-, brotó su
llanto y en un apretar de dientes, terminó. Luego tocó al lagrimal, que derramaron su pena en gruesas
gotas, y que en silencio, tras brotar de sus ojos, corrieron por sus mejillas y rozaron la comisuras de
sus labios para terminar cayendo en su oronda barriga.
Le dio pena su miseria. Lentamente apoyó la mano sobre su hombro y por primera vez, el ver sus ojos,
le agradó.
Aquella persona regordeta y llorosa, le motivó la ternura de un niño grande; trató de consolarle, con el
roce de sus manos sobre la espalda y en silencio, aquella pena le dolió. Vio en ella lo que serían sus
próximos pasos.
Se apartó de él, mientras aquel hombre mascullaba, -Hija de puta-. Y sus regordetas manos afilaban
contra la piedra una vieja navaja.